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Eduardo Torres-Dulce Fiscal General del Estado y crítico cinematográfico

«El servicio militar fue muy importante en mi formación»

Torres-Dulce
Torres-Dulce ha colaborado con José Luis Garci en el argumento de una de sus películas.
Iván Jiménez / DECET

Siguiendo el sabio consejo de su padre, Eduardo Torres-Dulce (Madrid,1950), Fiscal General del Estado desde diciembre de 2011, encontró una afición fuera del mundo del Derecho con la que desconectar de los asuntos profesionales: el 7º

arte. Sin embargo, en su caso, su pasión por el cine ha llegado a ser tan fuerte que le ha convertido en un crítico reconocido.

Viene usted de una familia de juristas, ¿siempre tuvo claro que quería seguir esa misma senda?

Vengo de una estirpe familiar de juristas y creces en un hábitat que te impulsa necesariamente hacia el Derecho. Además, en mi caso particular, mi padre —que fue magistrado del Tribunal Supremo— era un hombre al que admiraba mucho y que tenía una vocación apasionada por su profesión de juez, aunque al final siendo fiscal le traicioné… Inicialmente me gustaba la medicina, pero me superaban las ciencias (las matemáticas) y me encaminé hacia las letras. En su momento intenté la carrera de cine, estudiar en la Escuela Oficial de Cine, pero la cerraron por los conflictos universitarios de los años 70 y, a partir de ese momento, me centré en el Derecho.

Precisamente fue entonces cuando tuvo su primer contacto con el Ejército…

Sí, me hice oficial de complemento porque era una oportunidad para simultanear los estudios con el servicio militar sin tener que hacer un corte, porque mi idea era preparar oposiciones nada más acabar la carrera. Así pasé dos veranos en el campamento de La Granja, y después las prácticas las hice en el Centro de Instrucción de Reclutas nº 1 de Colmenar Viejo. Tengo unos magníficos recuerdos de mi época militar. Aprendí mucho de valores importantes como son la disciplina, la responsabilidad, el compañerismo, y el servicio a los demás y a España, ese concepto de patriotismo tan minusvalorado. Fue una aportación muy importante a mi formación como ser humano y lo recuerdo muy gratamente.

Ha tenido que
aparcar su faceta
de crítico, pero la
echa de menos

Y su afición por el cine, ¿cuándo comienza?

Eso se lo debo a mi madre, que cuando estaba embarazada de mí se recorrió todos los cines de la Gran Vía viendo todos los estrenos y, después, a mi etapa como estudiante en el colegio Maravillas, donde una vez al mes había un cinefórum en el que José María Pérez Lozano presentaba la película y luego moderaba un coloquio. Él formó un pequeño grupo de gente interesada y, a partir de ahí, empieza mi relación con el cine.

¿Y cómo se pasa de ser un aficionado a un crítico de cine reconocido?

A mi siempre me gustó escribir; empecé en el colegio y continué haciéndolo en la Universidad. Así conoces a gente que también son críticos, o que estudia cine, y vas labrándote amistades, hasta que un día te piden que colabores en una revista, en un periódico, en la radio —lo hizo en el programa Cowboys de medianoche, con Luis Herrero— y en la televisión —en Qué grande es el cine, con José Luis Garci—.

¿Por qué, entre todos los géneros, su preferido es el western?

Yo creo que es una seña de identidad generacional; en mi época, se jugaba a indios y vaqueros. Para un chaval, la épica, los paisajes y el valor que se reflejaba en los films del oeste llamaba mucho su atención. Cuando creces, te das cuenta de que estas obras son valiosísimas, no sé por qué se subvalora las películas de género; la prueba es que a John Ford —su director favorito, sobre el que trata su libro Jinetes en el cielo—, Hollywood nunca le dio un Óscar por uno de sus western, lo cual dice poco y mal de la Academia. Eso es tener un criterio muy reduccionista de lo que es la Cultura. La cultura popular también es Cultura.

Para usted, ¿cuál ha sido la mejor época en la historia del cine?

Sin duda, la época dorada del cine clásico de Hollywood, desde los principios del cine sonoro y el final del cine mudo hasta mediados de los años 60, con la desaparición de los grandes estudios. En esa época, en todo el mundo, no solo en Hollywood, se vivió una concentración de talento que no se ha repetido en la historia, igual que en otros momentos se ha producido esa concentración en otras áreas artísticas como la pintura o la literatura.

En el caso del cine español, ¿también fueron buenos esos años?

La mejor época del cine español fueron los años 40 y 50. Incluso con todos los defectos de un régimen autoritario y de la censura, en ese tiempo había en España una industria del cine. Tanto es así que los americanos, cuando llegan a rodar aquí, se dan cuenta de que hay técnicos muy buenos, todos los oficios del mundo del cine rayan a un nivel de excelencia. Pero en los años 60, la modernización liquida esta industria —cuyo último exponente es el landismo— y ya nunca se recupera. Se pierde la alianza con el público, y sin ella es muy difícil volver a crear una industria.

¿En qué estado de forma se encuentra ahora el cine español?

Ahora mismo hay unas perspectivas en el cine español, se está recuperando el cine de género, hay amplitud internacional, jóvenes talentos y pequeñas películas, producidas en condiciones que no son las deseables, pero muy interesantes. Hay variedad e inventiva, pero le sigue faltando la capacidad de conectar con el público.

¿Qué le parecen las películas que han triunfado en los últimos Goya?

Había visto casi todas las nominadas, porque mi mujer es académica; no querría decantarme por ninguna, pero sí destacar que hay excelentes actores y actrices en España, interesantísimos guionistas, pero insisto en que carece de músculo industrial necesario para tener penetración en la Cultura.

EN POCAS PALABRAS

  • Una película: Centauros del desierto
  • Un actor y una actriz: Cary Grant / Katherine Hepburn y Ava Gardner
  • Una película española: Plácido
  • Un director: John Ford
  • Una película bélica y otra jurídica: Master and Commander / Veredicto
  • Última película vista en el cine: Cuando todo está perdido
  • Un ganador para la Copa del Rey: Real Madrid (es madridista declarado)

Óscar Mijallo. Periodista.

«Las tropas españolas están bastante bien vistas en el exterior»

BEATRIZ GONZALO / Madrid

Óscar Mijallo (Madrid, 1972) es corresponsal de guerra. El periodista de TVE ha cubierto varios de los últimos conflictos que se han derivado de la llamada Primavera Árabe, el más reciente, la guerra de Siria; previamente estuvo en Palestina.

ÓSCAR MIJALLO¿Siempre tuvo claro que quería ser corresponsal de guerra?

Siempre quise dedicarme al periodismo internacional, por eso enfoqué mi formación académica hacia ese campo, especializándome a través de cursos, estudiando idiomas… y luego hice un máster en Relaciones Internacionales.

También procuré que lo que me ofreciesen estuviese relacionado con la información internacional. Y ese camino es el que le llevó hasta Palestina… Sí, allí llegué en el año 2002, al final de la 2ª Intifada. Fue todo un sueño hacerme cargo de esa corresponsalía, y además sustituyendo a Ángela Rodicio. Yo en esos momentos era un novato, y era como una esponja. Tuve la suerte de llegar a una corresponsalía perfectamente diseñada, que respondía sola y que era una máquina perfectamente engrasada, solo tenía que dejarme llevar. Los que trabajaban allí eran profesionales que llevaban años cubriendo la Intifada, lo sabían todo, y además el cámara era José Luis Márquez, el de la obra Territorio Comanche de Arturo Pérez-Reverte.

De los conflictos que le ha tocado cubrir, ¿cuál es el que le ha dejado mayor huella?

La Intifada fue muy importante para mí, porque como corresponsal me formé allí. Además, al ser un conflicto tan largo, resulta bastante más fácil trabajar que en otros, porque también las dos partes están por la labor de contarte su versión, y la prensa se ha convertido en un elemento más del conflicto.

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Periodísticamente fue muy interesante la guerra de Libia, porque allí no podías tener acceso ni a Internet ni, casi, al teléfono. Había que ir al frente para conseguir imágenes o sacar algún reportaje. Era como ser un corresponsal del siglo XIX.

¿Y el más reciente, la guerra de Siria?

En Siria es muy difícil trabajar. De hecho, a mi cámara y a mí hubo una vez que un grupo nos retuvo cerca de cuatro horas porque no querían dejarnos pasar. Por suerte, la gente con la que íbamos pudo convencerles de que nos soltasen… No era la primera vez que salía de una situación comprometida, creo que en Israel también tuvo un golpe de suerte… Mi compañero y yo habíamos ido a cubrir una información; cuando decidimos que teníamos imágenes suficientes nos fuimos con el corresponsal de la CNN a cubrir un funeral, mientras que otros periodistas optaron por ir a una manifestación;

Allí hubo un atentado en el que murió un periodista francés… Entonces, ¿un corresponsal convive con el riesgo?

Lo que tienes que valorar es si el riesgo es asumible o no. Por ejemplo, en la guerra de Libia conocimos a un tipo que era capaz de saltarse los controles para entrar en una ciudad…

De los conflictos en los que ha trabajado, ¿cuál ha sido su primer contacto con las tropas españolas en un conflicto?

Fue en la guerra de Irak, al final, cuando estaban en la base “España” de Diwanija, ocupando los barracones que habían sido del Ejército iraquí. Con ellos viví el primer relevo, y algunos episodios duros como la muerte de los agentes del CNI.

¿Y cómo fue la experiencia?

Pues he cubierto varias guerras y debo decir que antes era muy difícil tener información de los militares, el Ejército era muy opaco, pero está cambiando a mejor. Yo creo que en eso otros Ejércitos, como el estadounidense, el de Israel o, incluso, Francia (como se ha visto en la guerra de Mali), están más avanzados, porque ven en los periodistas una oportunidad de contar su historia y dar su punto de vista. Yo creo que esa política es beneficiosa para el Ejército y la democracia.

El hecho de ser español cuando se va a otros países, ¿ayuda?

El carácter de las tropas españolas no es tan autoritario como el de otros países, y están bastante bien vistas.

¿Conocer la guerra de cerca te cambia la perspectiva? ¿No es difícil no tomar partido?

Ver los desastres de la guerra, cómo vive la gente,… claro que te afecta. Pero hay que ponerse el chubasquero, no involucrarse demasiado y tratar de mantener la distancia, porque somos periodistas y no activistas. No estamos para tomar partido ni para arreglar el mundo. Nuestra labor es que la información llegue a la opinión pública, esa es nuestra aportación, nuestra “labor humanitaria”.