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Carta a un padre…

Estas son las palabras que ha querido dedicar a su padre el caballero alumno Delgado (de la Academia General Básica de Suboficiales). Es hijo de uno de los componentes de la Agrupación “Canarias” que falleció en el desarrollo de su misión en Bosnia-Herzegovina. Esta agrupación fue el segundo contingente español que desplegó en el país balcánico, en abril de 1993 y fue el que pagó un precio más alto en vidas por llevar la paz a una región de Europa que se desangraba. Estaba formado sobre la base de la Legión, pero se habían sumado unidades de toda España, entre ellas una Sección de Zapadores de la Brigada Paracaidista…

Sargento 1º Delgado
Sargento 1º Delgado

“Nunca había tenido la oportunidad de escribir sobre este tema, aunque es muy especial para mí. Me presento: soy el caballero alumno de la AGBS José Antonio Delgado Gómez, hijo del sargento José Antonio Delgado Fernández, fallecido en acto de servicio el 19 de junio de 1993 en el río Neretva (Bosnia-Herzegovina), junto a los caballeros legionarios paracaidistas Agustín Maté Costa, Samuel Aguilar Jiménez e Isaac Piñeiro Varela (estos tres de entre 18 y 19 años). Posteriormente, todos ascendieron a título póstumo al siguiente empleo (sargento 1º y cabo, respectivamente).

Así sucedieron los acontecimientos ese fatídico día: en el convoy para Jablanica, la Sección de Zapadores —formada por tres Vehículos de Combate de Zapadores (VCZ) con pala frontal y un Mercurio de Transmisiones y al mando de la cual estaba el capitán Godoy— se disponía a descender por un bypass. Este desvío venía condicionado por la destrucción del puente de Bijela, que obligaba a una ruta alternativa hasta la altura del puente de Dreznica (punto de confrontación entre croatas y musulmanes). La carretera de montaña que bajaba al puente era muy mala, tenía muchas curvas y los vehículos sufrían tanto tiempo de bajada (los discos de freno se calentaban). En uno de los puntos críticos, los frenos del VCZ —en el que viajaban los cuatro fallecidos y el conductor, Igor Castresana— no respondieron y colisionó con el muro que limitaba la calzada; tras una caída de 30 metros, el vehículo se precipitó al río, flotando 40 metros antes de sumergirse.

De izquierda a derecha: teniente Aguado, sargento Delgado y sargento 1º Mantecón
De izquierda a derecha: teniente Aguado, sargento Delgado y sargento 1º Mantecón

Fue imposible mantenerse a flote, ya que portaban todo el equipo (chaleco antifragmento, munición, botas, armamento…) solo pudo salvarse el conductor del vehículo, ya que no llevaba el pesado antifragmento y tenía justo la escotilla encima de su cabeza.

Fue un rescate complicado donde la Bandera de Operaciones Especiales de la Legión (BOEL) y los zapadores de la Brigada Paracaidista “se dejaron la piel” para sacar los cuerpos del Neretva. Los legionarios de la BOEL hicieron inmersiones a pulmón libre hasta que llegaron los buceadores, pero la labor fue muy complicada por la profundidad, la oscuridad, alguna que otra mina, el cieno del fondo del río y estar en plena línea de confrontación. En total tardaron 5 días en rescatar los cuerpos, pero nadie pensó en el cansancio ni en los peligros…

Sargento Delgado y sargento 1º Mantecón
Sargento Delgado y sargento 1º Mantecón

Todo esto es un pequeño resumen de lo que sucedió (para quien no lo conociera), pero me gustaría hablar de algo más personal, como que en junio de este año habrán pasado 25 años de este fatídico suceso en Bosnia-Herzegovina. El recuerdo de mi padre siempre estará presente en todos aquellos que pudieron compartir con él su vida militar, y aunque yo no tuve la suerte de poder conocerle —mi madre estaba embarazada cuando él desplegó—, ellos siempre se han preocupado de que yo pueda, de alguna forma, saber cómo era él. Por eso siempre les agradeceré la ayuda y el apoyo que he recibido de ellos.

También me gustaría comentar que el Batallón de Zapadores de la BRIPAC todos los años hace una carrera con el nombre de mi padre, en la que el ganador recibe el premio el 30 de mayo, día de San Fernando, patrón de Ingenieros. Los últimos años he ido personalmente a entregar el premio y pasar ese día con ellos, ya que para mí es todo un orgullo.

Tras mi reciente ingreso en la AGBS (Academia General Básica de Suboficiales), en Talarn (Lérida), me llevé la grata sorpresa de que el edificio principal de aulas tiene como nombre: “Edificio Sargentos Tornel, Delgado y Casas” en honor a los suboficiales fallecidos en esos primeros años de la misión en Bosnia-Herzegovina. Además, en el museo de la Academia tienen objetos y equipo de ellos.

Entrada edificio aulas AGBS
Entrada edificio aulas AGBS

Mi padre fue una persona que marcó a todas las personas que le conocieron, muy noble con su familia, esposa y amigos. Un gran amante de la naturaleza, donde le encantaba ir con su padre y hermano pequeño de caza…

Este es mi pequeño homenaje después de 25 años a mi padre, a mi modelo a seguir en esta vida militar, que quería compartir con todos vosotros. Porque ellos son los verdaderos héroes de nuestra querida España, que decidieron servir a su país, dejando amigos y familia cumpliendo con su misión.”

De izquierda a derecha: sargento Mendoza, teniente Aguado, comandante Torres, sargento 1º Mantecón, sargento 1º Abad, sargento Delgado y sargento Terry
De izquierda a derecha: sargento Mendoza, teniente Aguado, comandante Torres, sargento 1º Mantecón, sargento 1º Abad, sargento Delgado y sargento Terry

“AQUÍ CREEN QUE LOS ENFERMOS MENTALES ESTÁN POSEÍDOS”

Sor Ángela Gutiérrez Bada (Bores, Cantabria, 1946) lleva 27 años tratando de devolver su dignidad a los desheredados de la sociedad congoleña: los enfermos mentales. Ahora, su congregación necesita más recursos para poder llegar a un creciente número de pacientes en la hiperpoblada ciudad de Kinshasa.
¿Cuál es la misión de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús en la República del Congo? Somos una congregación fundada en 1881 por San Benito Menni, hermano de San
Juan de Dios. En aquel tiempo, frente a la situación de las mujeres y chicas enfermas mentales abandonadas, Menni tuvo la inspiración de fundar una congregación para ocuparse de las enfermas mentales. Realizamos esa misma misión en este país desde 1989, cuando fuimos llamadas por la Diócesis para ocuparnos de estos enfermos, de los que nadie se ocupaba.

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¿Cómo se trata y considera a los enfermos mentales en Kinshasa? Según el Programa Mundial de Acción enSalud Mental, más de 15 millones de congoleños tienen enfermedades mentales, en un país que carece de los recursos necesarios para atajar esta realidad. La mayoría de las familias no puede costear los tratamientos. Además, existe la concepción de que las enfermedades mentales están vinculada a las posesiones demoníacas y a la brujería, conceptos muy arraigados en la tradición y la cultura de un país que se encontraba, en 2013, en los últimos puestos del Índice de Desarrollo Humano. Los curanderos y las casas de oración son las primeras opciones para la población.
¿Ha cambiado algo la situación de estos pacientes desde su llegada? Cuando llegamos, nos encontramos con muchos enfermos por las calles, y epilépticos en plena crisis solos por el suelo. Nadie se acercaba para prestarles ayuda. Al contrario, se alejaban de ellos. Creen que son personas poseídas por malos espíritus y que no se les debe tocar. Enseguida comenzamos una campaña de sensibilización por radio y televisión, y en las parroquias. Actualmente los traen al centro para ser tratados.
¿Qué atención se les da en el dispensario? El Centro Telema —en lingala «poner el hombre de pie o levantado»— cuenta con médicos y enfermeros especializados en Psiquiatría, asistente social y psicólogo. En total, 22 profesionales al servicio de unos 150-200 pacientes al día. Contamos con una farmacia que dispensa los medicamentos que necesitan a un precio bajo, electroencefalograma, un taller gratuito de terapia ocupacional con capacidad para 40 personas y el Hogar Betania, en el que acogemos, en régimen de residencia familiar o comunitaria, a un máximo de cuatro enfermas mentales de la calle, con el objetivo de integrarles en sus familias y en la sociedad.

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¿Qué se hace para “reinsertarlas”? Se quedan con nosotras tres meses y, en este tiempo, les facilitamos tratamiento médico y buscamos a su familia. En el taller se les enseña a coser o bordar, según la capacidad de la persona. El Gran Hotel de Kinshasa (el más lujoso de la ciudad) nos ha ofrecido un espacio para vender sus trabajos y al final de mes reciben su sueldo, según lo que hayan hecho. Esto revaloriza a la persona y ayuda a que sea mejor acogida en su familia y en la sociedad.
¿A qué dificultades se enfrentan y con qué ayudas cuentan ? Nos encontramos con muchísimas dificultades, ya que el número de enfermos aumenta cada día por la situación del país. No olvidemos que Kinshasa tiene más de 11 millones de habitantes y solo cuenta con un dispensario, el nuestro. Por este motivo, hemos comprado, al otro extremo de Kinshasa, un terreno para ayudar mejor a la población. El proyecto es un dispensario de día, como el que tenemos actualmente, para acoger y ayudar a los errantes, con el fin de integrarles en la familia y la sociedad. Un taller para ayudar a todos los jóvenes enfermos y enseñarles un trabajo manual, para que sea útil para ellos mismos y para la sociedad, ya que no tienen derecho a ir a las escuelas ni a otros talleres, donde van el resto de las personas de su edad. También tenemos que construir la comunidad, que no existe de momento.

 No olvidemos que Kinshasa tiene más de 11 millones de habitantes y solo cuenta con un dispensario, el nuestro.

¿Cómo se les puede ayudar? Es verdad que necesitamos ayuda. Si cada uno aporta algo, entre todos podemos hacer mucho. Es lo que esperamos.
¿Cómo se les puede hacer llegar la ayuda? Tenemos una cuenta abierta para recibir las aportaciones que puedan surgir, con el fin de poder abrir el nuevo dispensario.

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¿Cómo es un día en la vida de sor Ángela? Empieza a las cuatro y media de la mañana, con la oración, en la que pido al Señor fuerza y acogida para el día que empieza. Entre las siete y las dos de la tarde estoy en el taller. Dos días por semana llevo el trabajo realizado al Gran Hotel, y aprovecho también para comprar los materiales necesarios. En casa tenemos un gran huerto, en el que cultivamos para cubrir nuestras necesidades y en el que también trabajo un tiempo. A las seis de la tarde ya estoy en la comunidad, junto con otras 16 hermanas, para la oración. A las nueve y media de la noche me voy a descansar, no sin antes haber pedido por los que he encontrado en ese día, y pedir perdón por mi falta de atención o por lo que no he podido hacer.
¿Cuál es la alegría de su vocación? Mi alegría es haber sido llamada para vivir aquí, donde puedo compartir con ellos el sufrimiento, la fe y la esperanza, y, junto con ellos, luchar para lograr un futuro mejor. Pero el sufrimiento es grande y, cuando uno no puede hacer nada, es como una espina que se clava en el corazón