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MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ DE LA ASUNCIÓN

Con el libro le hemos devuelto la dignidad a los Héroes de Baler

Miguel Ángel López de la Asunción (Madrid, 1973) es licenciado en Filología Inglesa, lo cual le ha permitido dedicarse a la enseñanza de este idioma. También ha estudiado MCSA (Microsoft Certified Solutions Associate) en la especialidad de servidores informáticos y ha trabajado en varias compañías aéreas. Actualmente, dedica sus esfuerzos a la editorial Actas (especializada en libros sobre Historia), algo que le permite tener mayor amplitud de contactos y libertad para sus investigaciones. Sin embargo, si por algo es destacada su figura en la actualidad, es por haber desentrañado Mitos y realidad del sitio de Baler (Los Últimos de Filipinas), el libro de la mencionada editorial —que ha elaborado junto a Miguel Leiva— que está ayudando a conocer más sobre esta importante gesta del Ejército español.

¿Por qué empezó a interesarle el estudio del sitio de Baler? Yo tuve suerte porque, desde pequeño, en mi casa me contaban cuentos, historietas y grandes gestas. Mi abuela fue la que despertó en mí un gran interés por la Historia en general. Luego he visto que lo que me contaba no era exactamente así, pero consiguió despertar mi interés. Mis padres me compraban cómics sobre historias bélicas (De grumete a almirante, por ejemplo). De este modo, he visto el Ejército como algo mío (y agradezco su trabajo, al igual que el de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado). Además, mi bi- sabuelo Miguel estuvo sitiado en un blocao en Marruecos y, a pesar de que lo pasaron bastante mal —tuvieron que beberse la tinta, los orines de los pocos caballos que tenían… y varios de sus compañeros murieron—, siempre terminaban las narraciones diciendo: «Pero los de Baler…».

Miguel Ángel López de la Asunción

¿Cuánto tiempo lleva con este tema? Empecé a investigar hace más de 25 años. El primer coche que tuve, un Seat 127 que me dejó mi padre cuando me saqué el carnet de conducir, lo usé para visitar Miajadas (Cáceres). Pregunté a gente del pueblo y no conocían a Saturnino Martín Cerezo. «¿Cuál es el mote?», me decían. Alguien me contó que había una calle con ese nombre —donde estaba su casa natal— y, efectivamente, así era desde 1900. Había una placa y nadie sabía nada más. Casi tres décadas después, en Miajadas hay una Sociedad Histórica que se ocupa de recrear y estudiar lo que ocurrió; he dado conferencias, tanto allí como por toda España, explicando los datos que hemos ido averiguando; se va a inaugurar un monumento en su honor en su pueblo y otro en Madrid en recuerdo de todos los sitiados… Algo hemos hecho para que sean más conocidos todos los componentes de la guarnición y lo que hicieron.

La historia del sitio estaba olvidada… Este tema siempre ha sido como el Guadiana, apareciendo y desapareciendo. Al volver de Filipinas, el tema estuvo de moda; luego se apagó y otra vez resurgió cuando les dieron su pensión y las condecoraciones; de nuevo volvió a la actualidad cuando Martín Cerezo escribió su libro… Después llegó la película de 1945, que incluso les cambió el nombre, porque hasta ese momento no se les había conocido como los Últimos de Filipinas. También aparecieron cosas puntuales, como los distintos fallecimientos de los componentes del contingente…

¿Y el libro ha sido una manera de devolver el tema a la actualidad y romper algunos mitos? No se había investigado en las fuentes primarias de Baler: no se había hablado con los familiares para que ellos nos facilitaran documentación… Se había continuado con la idea original de que no había fuentes oficiales. Miguel Leiva y yo hemos conseguido para el libro cinco fuentes oficiales. Los familiares, algunos de ellos especialmente, son ya amigos. En Tauste (Zaragoza) doy una conferencia dentro de poco sobre uno de los caídos en Baler, cuando hace unos años no sabían ni que uno de sus paisanos había estado en Filipinas. Donde me llaman, si puedo, voy (Ateneo, Instituto de Historia y Cultura Militar, pueblos…). En estas últimas charlas aprendo hasta yo, porque la gente me aporta cosas. La idea es transmitir por qué estaban allí (aquello era una provincia española y había que defenderla como una más) y qué es lo que hicieron. Para mí, es una alegría ver que hemos conseguido ponerlos un poco en el lugar que les correspondía, darles dignidad y borrar esa historia lastimera que se tenía de ellos. No se les podía ayudar. De hecho, no se sabía ni que estaban allí, porque se les daba por prisioneros de guerra. España no podía campar a sus anchas, porque el territorio ya no era suyo. Tampoco fueron todos obligados, como se ha dicho (casi la mitad fueron voluntarios). No eran bisoños ni desconocían su empleo: muchos de ellos llegaron a Baler con varias Cruces del Mérito Militar con distintivo rojo. Cuando se inició el sitio, tenían víveres, munición y una misión que quisieron cumplir como les demandaba su honor. Hemos aportado documentos, cartas y datos para respaldar nuestra versión. Ha sido una investigación en toda regla.

Miguel Ángel López de la Asunción

¿Por qué aguantaron tanto? Porque hicieron una buena defensa y se organizaron bien. De hecho, otras con más medios cayeron antes. Sorprende que un grupo de 50 militares a 200 kilómetros de Manila aguantaran más que un grupo de 400 a 50 metros de la capital. Les habían dado víveres para cuatro meses; el párroco de Baler compró 60 cavanes de arroz unos días antes; consiguieron encontrar agua en la iglesia; había un médico en un destacamento de 50 hombres; el primer jefe de la defensa, el capitán De las Morenas, había participado en la Tercera Guerra Carlista y tuvo una experiencia de asedio que le marcó y supo aprovechar para el sitio de Baler; oficiales que no habían recibido clases de liderazgo consiguieron que el grupo se cohesionara como un todo… De alguna manera, se dieron las circunstancias y ellos propiciaron que todo ocurriera de aquella manera. Hay más datos que hablan de esta buena organización, como que después de 337 días tienen que destruir casi 5.000 cartuchos para que no caigan en manos del enemigo, habiéndose privado únicamente de utilizar munición los primeros días. Además, ese almacén donde habían guardado los víveres pasa a ser una fortaleza casi inexpugnable, porque retiran las losas del suelo de la iglesia, fortifican, hacen sacos terreros con la arena que sacan, parapetan todas las posiciones, terraplenan la puerta de tal manera que no fuera posible abrirla y dejan únicamente dos entradas al templo en forma de gatera. De modo que, si un enemigo conseguía romper la línea defensiva que propiciaban las dos trincheras exteriores y lograba llegar a la posición de entrada, le matarían las bayonetas españolas y eso impediría la entrada de otros. Es decir, era prácticamente imposible entrar por las puertas de la iglesia de Baler. El enemigo lo sabía y, en todo el sitio, intentó quemar la posición española, pero no la tomó cuerpo a cuerpo porque sabía que era prácticamente inexpugnable. El hecho de que en todo el sitio hubiera solo dos bajas por fuego enemigo nos da una idea de lo preparados que estaban y de lo buenos soldados que eran.

Pero también tuvieron que luchar contra la enfermedad… La iglesia era un espacio relativamente reducido, oscuro (tuvieron que cerrar todos los huecos, salvo alguno para disparar), hacía mucho calor (por la falta de ventilación), había pocas posibilidades de descansar (al estar asediados constantemente por tropas que sí tenían relevo) y veían a sus compañeros caer por el beriberi. Esta es una enfermedad de la que, en aquellos tiempos, no se conocía la causa. Por suerte, en el destacamento de Baler había un médico, Rogelio Vigil de Quiñones, con conocimientos de botánica, que llega a la conclusión de que el beriberi lo provoca la falta de algún tipo de vitamina (efectivamente, esta enfermedad se debe a la falta de vitamina B1). Por otra parte, el enemigo, cuando vio que no era factible desbaratar las defensas españolas, empezó a disparar al tejado, que enseguida se rompió, dejando caer las constantes lluvias. Ese hospital-iglesia acaba siendo un cementerio y los españoles tienen que dormir —porque no hay más espacio— al lado de las tumbas de sus compañeros. Es muy duro, pero aquellos soldados en ningún momento se vinieron abajo. No solo luchaban con el enemigo exterior, también contra las enfermedades y sus propios demonios. Estaban convencidos de que cumplían su deber. Desde mi punto de vista, su comportamiento es totalmente ejemplar.

Seguro que se ha encontrado muchas anécdotas curiosas… La anécdota del reloj de Vigil de Quiñones no me resulta tan llamativa como la de la cuchara de Marcelo, por ejemplo, pero es muy conocida. El cabo Olivares, cuando ya vio que se acercaba la hora de morir, devolvió el reloj a los familiares porque, antes de que lo enterraran con él, prefirió dárselo a los descendientes de Vigil de Quiñones. Sin embargo, el motivo por el que se lo entregaron sí fue meritorio; sin duda, la acción militar que podríamos decir que tiene un mayor valor, porque propicia la continuación de la defensa. El cabo José Olivares Conejero y 10 soldados voluntarios, que eran los únicos que podían mantenerse por su propio pie en aquellos momentos, salen a plena luz del día. Se animaron a salir al escuchar al corneta, que les pareció regular; de ahí dedujeron que era una fuerza reducida, aunque ellos no sabían el motivo —que en realidad era que los filipinos estaban enfrentándose a los estadounidenses—. Sin embargo, ellos pensaron que los refuerzos españoles estaban viniendo y consiguieron asustar a los primeros defensores, quemar el primer perímetro de casas y trincheras filipinas, desde las cuales era muy fácil impedir que el destacamento abriese las puertas de la iglesia. Al fin, ese 14 de diciembre consiguieron aumentar el perímetro de defensa y, por tanto, abrir la puerta, airear y hacer pequeñas salidas a los alrededores en busca de plantas y animales que les ayudaron a sobrevivir al beriberi. Así muchos compañeros consiguieron salvarse. También me parece curiosa la narración de que algún componente del contingente dijera: «Lloré más cuando me quitaron mi fusil que cuando enterré a un compañero». Tenían su fusil asignado y les había salvado la vida en numerosas ocasiones, por lo que tener que entregárselo a los filipinos al acabar el sitio fue duro. O lo de la cuchara de Marcelo, que está en el Museo del Ejército; a su familia le contó cómo con ella, al igual que comió,  enterró a su compañero. La misma cuchara la tiene la familia Arocha, que vive en La Gomera, y uno de los descendientes cuenta que esa misma cuchara sirvió, a la vuelta, para dar de comer a los nueve hijos del militar. En fechas recientes se ha descubierto en Lebrija (Sevilla) la partida de nacimiento de uno de aquellos soldados, Miguel Pérez Leal. Tengo gran amistad con uno de sus descendientes y hemos averiguado que se alistó como voluntario en el puerto de Cádiz, para lo cual tuvo que mentir acerca de su fecha de nacimiento. Dijo haber nacido en 1874, pero en realidad nació en 1880, seis años más tarde. Por tanto, llegó a Filipinas siendo menor de edad.

Se han escrito diferentes libros, como el de Martín Cerezo, el de Ramón  Boades o el de Félix Minaya, aunque hay cosas que no concuerdan entre ellos. A decir verdad, el único libro que se había publicado es el de Martín Cerezo, el último comandante de la posición, por entonces 2º teniente de Infantería, que publicó en 1904 sus memorias. Es un libro fantástico porque cuenta, desde el punto de vista del militar, lo acontecido en Baler. Es una defensa ante todos los ataques injustos que estaban recibiendo tanto él como su destacamento (hasta que se dilucida su actuación, incluso se les achaca haber asesinado al comandante De las Morenas). Se dicen una serie de barbaridades que Martín Cerezo, en su libro, aclara. De hecho, cuando llegaron a Manila, ellos habían contestado un cuestionario donde queda meridianamente claro que su actuación había sido ejemplar. Aun así, muchos medios en la Península dudan de su veracidad y ellos reciben ciertos ataques. Martín Cerezo los zanja con esa publicación. Otra fuente fundamental son las memorias del fraile Félix Minaya. Hacia 1904 o 1905 escribe, de su puño y letra, el antes, el durante y el después del sitio de Baler. Estas memorias han permanecido inéditas hasta fecha muy reciente y son muy interesantes porque muchos capítulos divergen, cuentan cosas que no son estrictamente iguales a las que narra Martín Cerezo. Nos han servido para fusionar ambas versiones y, junto con los testimonios de los soldados en diversos juicios y casos militares, hacer una aproximación de lo que realmente pasó en Baler. También hay un pequeño cuadernillo, yo he manejado el original, del soldado Ramón Boades. Un compañero investigador publicó un artículo en el que decía que era una fuente inédita del sitio de Baler. Cuando yo recibí el original por parte de la familia y lo pude leer, me sonaba muchísimo, yo lo había leído en algún lugar. Efectivamente, recordé dónde; cogí un número antiguo de un diario de Manila y vi que el testimonio del soldado Ramón Boades no era otra cosa que la copia a mano que él había hecho del artículo del periódico. Es decir, no es un diario sino una copia del artículo que apareció en el periódico de Manila. Entonces, lamentablemente, fuentes de primera mano tenemos únicamente dos, pero yo creo que son suficientes para acercarnos a la realidad del episodio histórico.

¿Llegan todos juntos a Baler? Siempre hablamos del destacamento de Baler, pero debemos tener en cuenta que la guarnición fue un destacamento de 50 cazadores, pertenecientes al Batallón de Cazadores Expedicionario nº 2, bajo las órdenes de dos segundos tenientes. También llega un contingente con un teniente médico y tres sanitarios, de la 4ª Brigada de Sanidad Militar. Con ellos también va un cargo político, pero lo ostenta un militar: Enrique de las Morenas y Foxi (en aquellos días todavía capitán, fue ascendido a título póstumo). Y Cándido Gómez Carreño, el fraile de Baler, que después de haber caído prisionero de los insurgentes en una emboscada en octubre del año anterior, regresaba a su pueblo. También debemos tener en cuenta que 10 de los soldados de ese contingente que llega en febrero de 1998 son supervivientes del ataque al destacamento en octubre, luego ellos saben adónde regresan y conocen perfectamente el pueblo y lo que les espera.

¿Cómo se produce la entrada en la iglesia? ¿Por qué Enrique de las Morenas toma esa decisión? Siempre se ha dicho que fue una genialidad del destacamento de Baler refugiarse en la iglesia. Vamos a romper otro mito. Estaba dentro de las recomendaciones que, desde Manila, se daba a los destacamentos. Hablamos de poblaciones donde no había edificios de mampostería y, en muchas ocasiones, el único edificio fuerte era la iglesia. Por eso se les recomendaba que, en caso de sufrir un ataque importante, se refugiaran allí. Ya otros, con motivo de la insurgencia de 1896-1897, habían utilizado esas iglesias y conventos (como durante el sitio de Tayabas), donde los contingentes se refugiaban en la posición que ellos creían que iba a ser más difícil de tomar. Los de Baler, a partir del día 27, se dan cuenta de que la población ha desaparecido; saben, por informaciones que han llegado de Manila, que España está en guerra con Estados Unidos, pero desconocen hasta qué punto ha renacido la insurgencia. Entonces deciden cambiar las tres o cuatro ubicaciones donde estaban repartido el destacamento por la iglesia de Baler. El día 30 por la mañana, Martín Cerezo y algunos hombres inician una descubierta, un lógico reconocimiento de seguridad, y en el puente España reciben un primer ataque, en el que cae el primer herido. Consiguen replegarse, cerrar la puerta de la iglesia y, desde aquel momento, queda formalizado el sitio. Estamos hablando de una defensa de, ni más ni menos, 337 días y noches, porque por la noche no paraban. Creo que es una de las gestas militares más reseñables de nuestro Ejército, por su épica y por el ejemplo que nos ha dado.

La figura de Martín Cerezo ha sido muy criticada… Yo soy un defensor acérrimo de Saturnino Martín Cerezo, que en los últimos años ha recibido unos ataques sin fundamento sobre su actuación en el sitio de Baler (como series o novelas que lo presentan como un consumidor de opio, cuando el opio no había llegado allí). Le toca tomar el mando del destacamento en el momento más difícil. Toma las decisiones pensando en lo mejor para la continuidad de la defensa, es valiente, no tiene más apoyo de otro oficial que el teniente médico… En él recae todo el peso y, aun así, consigue llevar a sus hombres hasta Manila y, posteriormente, a la Península. Últimamente, le tratan mal por haber mandado fusilar a dos hombres. Hay que leerse la causa que abren en Madrid, intentando dilucidar qué pasó en el fusilamiento del soldado Menache y el sargento interino González Oca. Ahí queda meridianamente claro que el resto de desertores toman parte de los ataques cuando comienza el asedio, no es que abandonaran. Él los juzga, se les hace una causa dentro de la iglesia, queda claro el intento de deserción. Podría haberlos fusilado en el sitio según el reglamento, cinco meses antes, y no haber gastado una comida tan escasa. Martín Cerezo trata de mantener con vida a los confesos de intento de deserción, quitando alimentación a los defensores y compartiéndola con esos hombres. Él no actúa mal. Se ve en la tesitura de proteger la vida de 34 soldados y la suya propia o, lamentablemente, fusilar a dos personas que podían delatarles. Sin lugar a dudas, yo no querría ponerme en su lugar en el momento de tomar esa decisión. No obstante, hay un juicio, una causa militar que dura varios meses y el juez instructor dictamina que lo hecho, si no acorde a las ordenanzas, se hizo de la mejor manera que en aquel momento se podía hacer. Martín Cerezo también demostró mucha preocupación por sus hombres. En 1904 envía el libro a todos, se preocupa por saber cómo les va y a quien no encarrila de buena manera su vida le ofrece que se vaya a trabajar con él a Madrid. Uno de ellos fallece muy pronto y deja una hija pequeña. Cuando ya tiene una edad, el teniente la lleva a su casa y la trata casi como a una hija más. Es un personaje muy humano. Tengo cartas cruzadas entre los soldados que hablan maravillas de su mando. Creo que es lo que tenemos que saber, lo que decían los propios soldados, y no las elucubraciones de cualquiera que ha hecho una película o un libro. Tengo que dar las gracias a mi Ejército, porque se está haciendo un reconocimiento institucional. Se están haciendo, a lo largo del año, más de 50 actos y conferencias, en algunas de las cuales me cabe el honor de participar. También se lo agradezco a los ayuntamientos y a las asociaciones. Habrá, sin duda, un antes y un después de este 120º aniversario, y ojalá sepamos todos un poco más de la figura de los Últimos de Filipinas, como los conocemos, o los Héroes de Baler, como ellos se denominaban.

En la Sala Histórica del Regimiento de Infantería “Inmemorial del Rey” nº 1

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Vemos un uniforme coetáneo al que vestían los militares españoles en Filipinas, pero este es de Cuba, donde lo utilizaron los soldados del “Inmemorial”. López de la Asunción nos explica las diferencias: «Es muy parecido al que usaban en Filipinas, salvo por la forma del cuello, que es de tipo Mao; los botones son ocultos de hueso, no como estos que son dorados; el número que lleva en el cuello en este caso es el nº 1; y también el tipo de raya varía algo. Desde el Regimiento 68 al 74 estuvieron en Filipinas, además de 15 batallones expedicionarios».

También observamos el armamento que portaban, del que nuestro entrevistado tiene muy buena opinión: el Mauser 93. «El fusil, fabricado en Alemania, se mejoró en Oviedo con un sistema de un peine con cinco cartuchos que entraban alternados al tresbolillo, lo cual evitaba que se interrumpiera. Del mismo modo, usaron pólvora blanca, que no delataba la posición del tirador (al contrario de lo que ocurre con la pólvora negra)», afirma contundente.

 

A través de este enlace, se puede acceder al archivo de audio de la entrevista:

https://www.ivoox.com/entrevista-a-miguel-a-lopez-asuncion-audios-mp3_rf_37869889_1.html?autoplay=true

EL Paso De Sabzak (III)

Sargento Carlos Rachid G. Kouiche, Regimiento de Infantería “Tenerife” nº 49.

Saben, porque han visto cómo lo han defendido, que los tukus quieren quedarse con el paso de Sabzak. Saben, porque lo han vivido, que no llegará la paz y la seguridad allí sin una dura lucha. Saben que, no muy tarde, tendrán que saludar a la primera bala; y, posiblemente, devolverla. Por ahora conviene hacer poco ruido. Saben que están cerca.

Kent (el teniente jefe de sección) reúne a los jefes de pelotón en la base de patrullas, después de haber organizado el perímetro de seguridad, y cuenta de forma somera la idea de 5V para el día siguiente. De forma somera pero contundente. «Nada de movimientos complejos. Iremos con todo lo que tenemos y ocuparemos la zona, que es lo que hace la Infantería; una vez allí, el que quiera, el que pueda, que nos desaloje». Cuenta despacio la maniobra para que todo el mundo, incluidas piedras y caminos, tenga claro qué es lo que hay que hacer. «El subgrupo táctico se conformará en dos columnas y, por saltos, avanzaremos hasta la zona a ocupar».

Nadie comenta ni discute nada. Se municiona y se dedica especial atención a las armas colectivas, los vehículos y las transmisiones. Son soldados que conocen su oficio, saben lo que hay que hacer. Casi nadie duerme. Nadie escapa del insomnio. Han velado la madrugada y velan el tiempo. Empiezan a subir a los vehículos y se desean suerte: nudillos entrechocando, dedos entrelazados, guiños y alguna sonrisa. Solamente queda esperar la orden de marcha.

Todavía es de madrugada. El escalón aéreo ha lanzado al aire el águila y el pájaro de metal envía las imágenes que todos esperaban: la zona está poblada por mucho personal armado. Las radios comienzan a llenar de órdenes el aire, de interrogaciones y respuestas, de nuevos itinerarios sobrevenidos y de una nueva historia que solo podrán contar sus protagonistas.

EL Paso De Sabzak (III)

Pronto comienzan a oírse disparos, cuyos orígenes tratan de identificar. Los insurgentes son buenos guerreros y lo han demostrado estos días, y estos siglos, pero la orden es liberar el paso de Sabzak y no hay lugar para otra respuesta, cuya solución a esa hora y en esa madrugada nadie sabe. Todos los elementos de la Compañía “Albuera” comienzan a ser objetivo certero de las descargas de los insurgentes, que han elegido espacio y tiempo conociendo también su oficio. Nadie ignora que los insurgentes hacen fuego, para privarlos de la capacidad de esa maniobra que, lenta pero inexorablemente, acerca a los hombres del Batallón “Albuera” hacia ellos.

El sargento Kouiche va en su vehículo atento a la radio y mirando por las ventanas a ese fuego, ángel terrible, que quiere adueñarse de la batalla. La radio ruge, todo el mundo informa de lo que ve o de los ataques que sufre. 5V, con voz calmada, va dando las ordenes que cree oportunas.

El sargento Kouiche ve claramente las evoluciones de las unidades. Dragón y su gente van a su derecha. Tiene al enemigo justo enfrente. Un poco más adelante, a la izquierda, Kiriki está haciendo una pequeña pinza y va hacia las primeras posiciones insurgentes. Tánatos y su sección avanzan por nuestro flanco derecho. Kent va en vanguardia de la sección, comienza a descrestar y empieza a recibir un intenso fuego de todo tipo.

EL Paso De Sabzak (III)

El resto de los pelotones de la primera sección, donde va encuadrado el sargento Kouiche, comienza a evolucionar y se colocan en línea; delante tienen un barranco y unas líneas de cotas que van a dar a un pequeño valle, bañado por el estéril polvo y la apagada arena, punteado con pequeñas matas resecas, por donde escapa el viento, y que pintan el paisaje con el mismo color que la batalla. A lo complicado de la situación, pues prácticamente toda la unidad está bajo fuego enemigo, se une la precaución que deben tener debido al terreno, que se enfrenta a su manera con los vehículos LMV Lince.

Bajo fuego enemigo se toma la decisión de desembarcar. A Pony le ha tocado subir a una cota. Mal asunto, ya se sabe que quien domina las alturas, atrae el fuego sin remisión. Barney también está ya pie a tierra localizando objetivos; y desde el centro del despliegue, hasta el auxiliar del subgrupo táctico está llenando de fuego el aire y la tierra, sembrando mechas con su MG4. Sus soldados Pumba y Chino están a su lado. El aire está lleno de balas, y de sus sonidos, que siempre llegan más tarde que el metal a su destino. Kent se ha mantenido en su posición. Además, está ayudando al Controlador Aéreo Avanzado a señalizar los blancos.

La sección está desplegada prácticamente en línea —Animal, Ompare, Gincho, Kent—. En cierto momento, 5V autoriza a Kent a desembarcar. Una vez fuera del vehículo, el elemento que ha desembarcado ocupa una posición desde donde se domina una garganta por la cual iban pasando insurgentes, algunos a caballo, en el eterno galope que pisa aquellos valles desde el principio de los tiempos, y otros a la carrera.

Las zonas de desembarco son batidas sin tregua, y los soldados desembarcados del “Albuera” responden al fuego con más fuego, mientras que los vehículos a retaguardia brindan cobertura con sus armas colectivas.

EL Paso De Sabzak (III)

No hay descanso en la tierra batida por el fuego, que se convierte en polvo que sube por el aire para emboscar a todos los combatientes, en forma de millares de partículas de arena que han vivido una continua existencia de batallas. El sargento Kouiche y su pelotón no paran de disparar, ganando cada centímetro de dura arena con mucho esfuerzo y exponiéndose al fuego enemigo, justificando sus acciones con la misión que tan bien conocen, liberar de los señores de la guerra el paso de Sabzak.

Kouiche ve cómo Gilito está a pie del vehículo con cara de poca broma, listo para saltar a su lado para apoyarlo, si así se le ordenara. Ve el valor que derrochan los soldados Yosi y Eros, los tiradores de los dos Linces que componen el pelotón. Mira con asombro cómo los escudos balísticos de los vehículos están sembrados de impactos, y trata de entender la fuerza o el sentimiento que hace que esos dos chavales de veinte años sigan ahí, sin soltar sus máquinas, devolviendo fuego con fuego. Mira a su izquierda y ve cómo los conductores, los cabos Fito y Jesús, pese a ver los impactos entrar en el frontal del vehículo y cómo los cristales presentan ya un sin número de disparos, siguen maniobrando para llegar hacia sus hermanos, que están pegados al terreno unos metros por delante. Y mira a su derecha rápido, porque las balas cruzan el aire y detrás lentos llegan sus sonidos, y ve cómo los soldados Socom y Juanito, están llamándolo y cubriéndolo con su fuego. Justo a su lado está el tirador de precisión, Javi, pegado al terreno a más no poder, seleccionando objetivos y reconociendo con su cuerpo pegado al suelo, ese misterio que une en la naturaleza la arena, el aire, el agua y el fuego.

El sargento Kouiche recuerda que hace un rato tenía mucha sed, pero no tuvo tiempo para dejar el arma y coger la cantimplora. Sigue teniendo sed. Y piensa, mientras sigue escuchando y viviendo el sonido de la batalla, que todo el mundo, en el momento en el que se le necesita, está ahí; y se convence de que sus soldados son los mejores del mundo. Que no querría tener a nadie a su lado que no fuesen esos hombres y mujeres. De nuevo se les ordena volver a los vehículos y avanzar. Tanto tiempo ha volado sobre sus cuerpos hoy, que ya no son lo que fueron, que esa historia que han vivido ha cambiado sus corazones y sus almas, su cabeza y sus manos.

El fuego enemigo va perdiendo fuerza, las posiciones conquistadas se aseguran para que el paso de Sabzak pueda respirar de nuevo y que sus habitantes puedan transitar con sus mercancías sin que los señores de la guerra impongan su injusta ley. Va pasando el tiempo; ya han llegado los helicópteros para apoyar por el fuego.

EL Paso De Sabzak (III)

Termina la acción, y el terreno es suyo. El Batallón “Albuera” ha definido la batalla con ese sudor que sufrieron esos días, pero también con todo aquel sudor de antaño vertido en ejercicios y maniobras durante tantos meses antes de llegar a Sabzak. Kouiche mira a sus hombres y mujeres, y sabe que siempre serán parte de esa historia y de ese lugar, esperando que alguien escriba sobre ello. Y, sin más épica, el sargento vuelve a la tarea necesaria después de haber consolidado el éxito del ataque: cuentan la munición; llama a Arandela, para que venga a ver qué puede hacer con el colador que tiene ahora por vehículo. Va a ver a Kent y le da un abrazo sincero, como solo surge entre dos camaradas. Pregunta por todos sus compañeros: “¿oye y los de Kiriki que tal? ¿Cómo le ha ido a Ompare?¿Y Serantes?

EL Paso De Sabzak (III)

Le ordenan que permanezca en la posición hasta nueva orden y vuelva con su gente a “comerse” otra historia que lo está esperando. Por eso se pone a limpiar el armamento rodeado de aquellos que siempre llevará en su corazón, junto con el paso de Sabzak. Y sonríe cuando uno de ellos le pide agua y recuerda que tiene sed: «Dame un poco de agua, estoy seco; ¡que no sabes disparar!»