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Un lugar que paró el tiempo (I). El paso de Sabbzak.

Hay lugares llamados al combate, hay lugares por donde la batalla nunca pasa de largo, hay lugares empeñados en ver volar la primera bala y la última. Hay lugares, arterias de todo contacto social, paso obligado de viajeros y mercancías, que no pueden ser nunca dominados por extorsionadores, insurgentes o señores de la guerra. Hay lugares que parece que giran a la vez del planeta; pero que de vez en cuando el tiempo los detiene para envolverlos en el estrépito de la batalla. Hay lugares como el paso de Sabzak en Afganistán.

Sargento José Enrique Serantes, Regimiento de Infantería “Tenerife” nº 49

El paso de Sabzak es puerto obligado para alcanzar Bala Murghab y toda la zona norte; y es la principal arteria que controla toda comunicación terrestre entre el Badghis y Herat. Los habitantes de esa zona vivían en un permanente temor y con sus pequeñas economías continuamente mermadas porque el paso de Sabzak, en ese momento, digamos que el tiempo se paró el 2 de septiembre de 2009, era controlado por insurgentes a las órdenes del líder tayiko Ishan Khan dedicados principalmente a la extorsión y a crear el terror en ese punto tan estratégico.
En esos valles que ignoran la paz, en esos puertos de montaña siempre perseguidos por los combates, la misión es clara: las Fuerzas de Seguridad Afganas apoyadas por el Ejército español tienen que hacerse con el control del paso de Sabzak. Deben conseguir que el paso de Sur a Norte y de Norte a Sur quede libre de extorsiones y terror; y allá que se dirige la Compañía “Albuera”, que como una leve sombra, se mueve por antiguos caminos que antaño dominaron las flechas y el acero, para comprobar cómo el tiempo se ha parado de nuevo.

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Un lugar que paró el tiempo (I). El paso de Sabbzak.

La Compañía se disgrega en secciones para poder cubrir el extenso paraje, la primera Sección y el capitán inician el reconocimiento de las minas de Haman, zona muy controlada por la insurgencia. Una vez allí, empiezan a recibir fuego de cohetes y fusilería, y la antigua letanía del acero, que antes fue hierro, y antes bronce, y mucho antes piedra, vuelve a oírse en el paso de Sabzak, la llave de Norte a Sur y de Sur a Norte de Afganistán.
En ese momento, el capitán, con la intención de cortar la posible huida de los insurgentes, ordena a la Sección de Armas avanzar hacia la base de apoyo “Asturias”, zona a la retaguardia de éstos. Por esas casualidades de la vida, que abren caminos que uno nunca pensó tocar, el sargento José Enrique Serantes se encuentra en el paso de Sabzak al mando del Pelotón de Morteros Medios. La Sección de Armas avanza por un terreno muy complicado, el vehículo VAMTAC del sargento Serantes va abriendo camino. El terreno cada vez se estrangula más en estrechas e intrincadas vertientes hasta tal punto que se hace preciso que el cabo Cabrera, Peluche, tenga que bajarse del vehículo para reconocer a pie el terreno y encontrar algún lugar por donde los VAMTAC puedan avanzar.

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Un lugar que paró el tiempo (I). El paso de Sabbzak.

Durante uno de estos reconocimientos, el cabo Cabrera recibe dos ráfagas de disparos de origen desconocido, por lo que corre al vehículo para guarecerse. Una vez dentro, comunicó al tirador de la ametralladora pesada, el soldado Mosquera, Panchi, que le devolviera su puesto, ya que había hecho con él anteriormente un relevo para disminuir el desgaste producido por la inhalación de polvo. El apoyo continuo de unos a otros es el secreto del éxito de toda unidad de combate, no hay soldado que no sepa eso.
Una vez subido a la torre, el cabo Cabrera, Peluche, informa que había dos insurgentes huyendo en una moto, y que eran los mismos que le habían abierto fuego. Tras dar novedades al jefe de Sección, prosiguen el avance, sabiendo que tomar el paso de Sabzak no iba a ser fácil, que los lugares que paran el tiempo son siempre difíciles de conquistar. «Esto no ha hecho más que empezar», comentó al pesado aire que había dentro de su vehículo José Enrique y, enseguida, cogió la radio para dar novedades: «Aquí, Apache, entrando en base de apoyo “Asturias”, recibiendo fuego de fusilería desde las doce de nuestra posición. Hemos respondido al fuego con la ametralladora pesada y seguimos avanzando para buscar contacto. Estamos batiendo la cota que tenemos justo enfrente con la ametralladora pesada de 12,70 mm. El acceso a dicha cota es imposible pues nos separa un barranco sin acceso para el vehículo. Los insurgentes se encuentran metidos en pozos de tirador y tapados con mantas para dificultar su localización».

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Un lugar que paró el tiempo (I). El paso de Sabbzak.

Tras la comunicación del incidente, la Sección despliega dando el máximo frente para responder con potencia al origen de fuego. El vehículo de José Enrique, Apache, sigue estando a vanguardia y empieza a recibir fuego por las nueve, el tiempo estaba detenido y las horas abandonan el paso del tiempo y se unen a la geografía, obligando a la Sección a reorganizarse. El vehículo del sargento Peinado, Gato, cierra sobre las nueve y neutraliza la amenaza con fuego.
Con el fin de reducir la distancia con el enemigo, el VAMTAC avanza al frente, hasta alcanzar la linde del barranco, a partir de la cual no puede avanzar más. Paralelamente, el vehículo del teniente Balsa, el jefe de Sección comienza a recibir fuego desde las tres, aunque la rápida respuesta de la ametralladora pesada de dicho vehículo consigue neutralizar y ahogar el fuego enemigo.
En ese momento la ametralladora pesada del VAMTAC comienza a sufrir interrupciones no permitiendo a Peluche hacer más de dos disparos seguidos. Al disminuir la cadencia de fuego, el enemigo se centra en el vehículo de vanguardia consiguiendo impactar bastantes proyectiles en él, por lo que José Enrique toma la decisión de desembarcar y cubrirse con las puertas blindadas para poder responder con los fusiles de asalto HK.
De esta forma consiguen cubrir al cabo Cabrera, Peluche, mientras desmonta la ametralladora. Lo ha hecho muchas veces con los ojos cerrados y puede hacerlo mientras silban las balas.
Mientras tanto, la cabo Sandra Hermoso y el conductor, el soldado Robles, siguen respondiendo al ataque por turnos, y apoyando a sus compañeros. Cuando agotan la munición, según van gastando los cargadores, se guarnecen dentro del vehículo para municionar de nuevo, comprobando que de hierro es la pedregosa tierra y de hierro los valles que la cercenan.
De hierro, como lo son ellos ahora mientras se defienden disparando a un enemigo que no descansa en su empeño de apartarlos del paso de Sabzak.
La ametralladora pesada sigue dando problemas, por lo que el jefe de sección, el teniente Balsa, ordena a los tiradores de precisión, que desde su posición, les den apoyo. Gracias a esto se consigue disminuir la masa de fuego recibida sobre los vehículos de vanguardia.

Seguidamente, tras coger la ametralladora MG-42, Panchi y Apache saltan a una pequeña cubierta natural y empiezan a realizar fuego de cobertura para que Peluche pudiera desmontar otra vez la ametralladora, que se había vuelto a quedar bloqueada.

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Un lugar que paró el tiempo (I). El paso de Sabbzak.

Desafortunadamente para ellos, cuanta más falta les hacía, la ametralladora pesada dejó de funcionar; pero ésas son las mil incidencias que han sufrido durante las maniobras: supuestos de bajas propias, de vehículos inutilizados, de armas sin munición; nada escapa a la continua instrucción.

Así que había que apañarse con la ametralladora ligera que guardaban en el vehículo.
Mientras tanto, Sandri, la cabo Hermoso, dentro de la batalla, se encarga de llevar más munición a la ametralladora y de corregir el tiro, sin dejar de la mano su HK. Como la escritura es siempre lineal, no posibilita otra descripción más que la de hechos puntuales de los combates, pero debemos imaginar un momento lleno de ruidos, ecos de radios, voces al viento y polvareda, arena que mueven las botas y los impactos, silbidos de disparos y sonidos de rebotes de las balas que prefieren el movimiento a quedar clavadas para siempre en la tierra o en un vehículo. El VAMTAC tiene dos ruedas pinchadas, los faros rotos, cristales estallados y más de una veintena de impactos, muchos de los cuales han atravesado la chapa.
En el fragor del combate, sufren otra descarga de fusilería intensa, que casi alcanza a Peluche. Uno de los rebotes impacta en la cara de Robles, y le hace un rasguño. Fue en ese momento, cuando el sargento José Enrique Serantes, Apache, nota un leve golpe en la pierna izquierda, siente como si hubiera recibido una pedrada. Se mira la pierna y ve un poco de sangre. Lo primero que piensa es: “¡coño!, ¿me han dado?”.
Siguen respondiendo al fuego, e informan de la situación. En ese momento, se siente extraño cuando escucha por radio: “Apache ha caído”. Y vuelve a pensar, rápido: “¡joder!, que todavía estoy vivo”. Como no quiere tener ninguna duda, le dice al soldado Robles que le mire bien la herida. Y Robles le confirma que tiene un agujero limpio de entrada y salida. Al incorporarse de nuevo, siente un leve mareo e informa al jefe de Sección de la situación y de que se están quedando sin munición. En este momento el jefe de Sección recibe la orden de romper contacto y alcanzar la base de patrullas “Málaga”, a unos 10 kilómetros de distancia, donde la segunda Sección puede montar una zona para aterrizaje de helicópteros para la evacuación. Allí mismo, José Enrique es estabilizado, a la espera de ser evacuado a Herat.
En Herat, en el ROLE 2, un cirujano del Ejército búlgaro lo opera de urgencia. Antes de ser anestesiado piensa en lo mucho que debe a sus compañeros del “Tenerife” nº 49, al personal del Ejército del Aire que lo evacuó, a la compañía “Albuera”, a la Sección de Armas y no puede menos, mientras que va perdiendo el conocimiento, que recordar lo cerca que estuvieron todos los componentes de su pelotón y su tripulación, como si fueran un único soldado, durante el peligro que los envolvió en los combates: Peluche, Sandri, Panchi, Robles y él, que en nada logra distinguirse del resto, Apache. Tranquilo, Apache piensa, mientras va perdiendo poco a poco la conciencia a causa de la anestesia, que el dolor es pasajero, pero la satisfacción es eterna.

Silban las balas

Son las 5.38 de la madrugada del 14 de junio de 2008. Desde la divisoria se observa la localidad de Khaikhane. Es una noche muy calurosa, de esas que se agarran al terreno de Afganistán durante el mes de junio y no lo sueltan hasta que el otoño empieza a pedir paso. Es una noche oscura. El peso del equipo (chaleco con placas antibalas, porta cargadores con todos los cargadores al completo, casco) y el armamento, se multiplica con el calor y la noche.

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Silban las balas

Es la última divisoria. Al Este se ve el núcleo de población de Khaikhane, por donde la Policía afgana iniciará el acercamiento hasta el centro de la ciudad; y al Oeste se divisa, entre sombras, la boca del valle, con las localidades de Piwar y Darra-i-Bum al fondo, dominadas por la insurgencia. En ese punto se determina que despliegue el Destacamento Aéreo de Control Táctico (TACP) y la sección del elemento de apoyo que les acompaña, con la finalidad de vigilar y controlar toda la zona asignada, así como asegurar el itinerario de regreso desde una posición dominante.

La misión se fundamenta, en apoyo a las Fuerzas de Seguridad Nacionales de Afganistán (ANSF), en reconocer posibles asentamientos donde establecer una Base de Patrullas en la zona de Khaikhane para la Policía afgana, y contribuir así a alcanzar una situación segura y estable que permita los esfuerzos de reconstrucción, ante los continuos ataques y atentados por parte de insurgentes, que convierten en una pesadilla la vida diaria de los habitantes de la provincia del Bagdhis.

No es una misión cualquiera, hay que entrar en la localidad por aquellos pasos donde se hace casi imposible cualquier tránsito.

La misión no es una misión cualquiera, hay que entrar en la localidad de Khaikhane; pero no a través de sus dos pasos naturales, desde la zona norte y sur del valle, ya que la insurgencia los tiene controlados y vigilados; sino por esos lugares donde se hace casi imposible cualquier tránsito, y las abruptas bajadas y los angostos caminos trazados por fugaces torrenteras se convierten en pequeñas arterias de la geografía que difícilmente se pueden aprovechar. Pero el comandante José Ignacio Valverde sabe que es fundamental realizar la operación por sorpresa, cambiando la forma y, sobre todo, el momento, ya que es preciso llegar a la zona antes del amanecer, para impedir al adversario el ataque desde posiciones ventajosas en un terreno, a todas luces, favorable para él, dada su movilidad y conocimiento.

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Silban las balas

El comandante Valverde, quien está al mando de la Unidad de Enlace y Observación (UEO), ha recibido la orden, horas antes, de dirigirse a Khaikhane con el refuerzo del mencionado TACP, tres vehículos de la Compañía de Protección y Seguridad, un zapador para reconocimiento de IED (artefactos explosivos improvisados), un intérprete y un mecánico. La Unidad de Enlace y Observación, con doce componentes del Mando de Operaciones Especiales, se coloca a vanguardia, seguida por tres vehículos de Protección y Seguridad.

Nadie ignora que la noche les rodea, pero el cielo sin estrellas, exclusivamente para ellos, puede ser un buen aliado.

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Silban las balas.

Para apoyar a la Policía afgana, procedente de Qades, que inicia el acercamiento a la ciudad de Khaikhane por el Este, la columna comienza a bajar por un camino, riguroso en su dibujo y tenaz en la resistencia al movimiento. Nadie ignora que la noche les rodea, y que incluso hay que hacer una parada de 40 minutos a la salida de Qades al no haber la mínima intensidad de luz para el vuelo de helicópteros, ante una posible y necesaria evacuación médica. Nadie ignora que la noche cerrada, en un cielo que se ha quedado sin estrellas exclusivamente para ellos, es buena aliada.

Conforme descrestan comienzan los primeros ataques. Silban las balas. Silban las balas y un tímido viento no consigue refrescar los más de 15 kilos que pesa el equipo. La retaguardia de la columna comienza a recibir disparos de lanzagranadas RPG. Severos son los semblantes de los soldados, porque el camino se hace difícil en su movimiento y en su maniobra, debido a las grandes pendientes a las que se abocan los vehículos.

A su vez, la vanguardia recibe fuego desde posiciones enemigas emplazadas en el núcleo urbano, una ciudad en manos insurgentes que están intentando sacar de la asfixia las ANSF con el apoyo del Ejército español. Hasta ese momento, la seguridad estaba en manos de los líderes tribales y las vías de comunicación eran controladas por los señores de la guerra. Esta situación es la que se quiere revertir con la expansión por toda la provincia de la acción del Estado afgano, mediante el establecimiento de comisarías de Policía que vertebren la seguridad del país.

La retaguardia recibía fuego de lanzagranadas, la vanguardia comienza también a recibirlo, así como de ametralladora, desde las posiciones insurgentes en el núcleo urbano y el comandante Valverde es informado de que también las unidades de la divisoria se encuentran combatiendo contra la insurgencia, lo que conlleva que todos los vehículos de la columna están bajo fuego enemigo y, lo que es peor, sin posibilidad de maniobrar unos a favor de otros. Nadie pierde la calma, que la calma la da la instrucción continua y la preparación; y de eso el Mando de Operaciones Especiales sabe mucho.

Se ordena no hacer fuego, a menos que se tenga localizado claramente el origen de los ataques, con el objeto de no causar daños a la población civil. Hecho que la insurgencia aprovechaba, muy a menudo, utilizando a la población civil como parapeto, sin ningún respeto a sus vidas.

Las dos ametralladoras ligeras que tiene la UEO buscan su posición en la parte de la divisoria de la zona oeste, según les permite el terreno, bajo el mando del capitán Marín.

Silban las balas y su sonido no termina nunca, como si el mismo proyectil rodeara el orbe y volviera al combate, renovado en fuerza y empeño. Todos se encuentran ya recibiendo fuego y respondiendo a este, con una réplica decidida, serena y acorde al ataque.

Finalmente se asientan las dos armas; la primera, más a vanguardia —y más expuesta al fuego pero fundamental— de la que es tirador el sargento Fernández; la segunda, más orientada al Oeste, teniendo como tirador al cabo 1º Calcerrada. El combate envuelve terreno, militares y medios sin distinguir motivos ni circunstancias.

Las ametralladoras y los combatientes no descansan, silban las balas y un tímido viento no consigue refrescar los más de quince kilos que pesa el equipo. En ese instante solo son gente que ha nacido para bregar con los cuatro elementos: la tierra, el aire, el agua y el fuego. Silban las balas.

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Silban las balas

Una vez que se acaba con la amenaza inmediata de la vaguada oeste, tras duros combates, el comandante Valverde ordena a los dos primeros vehículos de la Unidad de Enlace y Observación que alcancen la posición donde se encuentra emplazada la segunda ametralladora ligera, dotando, con la presencia de las ametralladoras pesadas de los vehículos VAMTAC, de un mayor alcance sobre las posiciones del norte y un puesto de observación donde poder coordinar y corregir el tiro de todas las armas del Escalón de Reconocimiento.

No hay pasado, no hay futuro, hay un enorme presente que vive con cada movimiento, con cada salto, con cada paso, con cada orden.

El comandante decide dejar a los tres vehículos de la Compañía de Protección y Seguridad asegurando el repliegue de la Policía afgana hacia las posiciones de apoyo. Todos llevan ya grabados en sus caras, en sus manos, en su nuca, la tierra que los ha envuelto, el polvo seco adherido a la piel; mientras silbaban las balas y un tímido viento no consigue refrescar los más de quince kilos de peso del equipo.

Durante toda la acción se baten con eficacia los orígenes de fuego de los reductos enemigos, y el apoyo por el fuego al movimiento se muestra, al máximo, eficaz, en ese lenguaje de acero y hierro que nunca pierde su voz en la batalla.

Los observadores, mientras se oye el rugido de dos aviones de la Coalición, comprueban cómo los heridos enemigos son retirados a la zona del bazar, donde se encuentra el núcleo de la insurgencia y donde tienen que llegar las ANSF.

Tras varias horas de fuego y movimiento, al darse cuenta de que no pueden fijar a los soldados españoles y batirlos en la zona de muerte, la insurgencia talibán se retira de sus posiciones.

La Policía alcanza la zona oeste, donde se encuentra el bazar, el cual se identificó como foco de la insurgencia —que sigue ofreciendo resistencia, aunque ya muy mermada con el paso de las horas—, con el propósito de apoyar la retirada que está efectuando y que la población tenga la sensación de que son las fuerzas afganas las que les están librando de la insurgencia.

Mientras se produce el vuelo de dos F-15 —que atacan las últimas posiciones enemigas fuera de la localidad—, se realiza el repliegue de las unidades que forman parte de la organización operativa sobre el itinerario de regreso previsto.

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Comandante Valverde

Cuando comienza el retorno, el comandante Valverde, mientras recibe novedades, sabiendo que no hay ningún herido entre las tropas españolas, nota que tiene mucha sed y bebe de un tirón el agua que le queda en la Camelbak, y recuerda de memoria que están allí con la finalidad de proporcionar un entorno de seguridad, que permita una estabilidad sostenible que pueda percibir la población afgana; y que hoy, todos sus soldados han ayudado a esa estabilidad jugándose la vida, y con un comportamiento ejemplar.

Son las tres de la tarde del día 14 de junio del año 2008, y finaliza la misión para el Elemento de Reconocimiento, una vez que entran en la base de Qala-I-Naw, sede del Equipo de Reconstrucción Provincial. Con esta acción, y otras anteriores, a los doce componentes del Mando de Operaciones Especiales se les acreditó el valor reconocido (al capitán Marín y al sargento Fernández se les concedió la Citación como distinguidos en la Orden General).

Todavía, mientras atraviesan la puerta de la base, les queda el recuerdo de oír silbar las balas, y sienten un tímido viento que no consigue refrescar los más de quince kilogramos que pesa el equipo.