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Todos somos uno

Cuando al alférez Jacinto Guisado le ordenaron dirigirse a relevar a la sección de Infantería en Najaf, sabía que, por turno, no le tocaba a su sección de armas de apoyo; pero cuestiones de guardias, escoltas y del azar, que no se está quieto, los llevaron a todos a encontrarse con un destino que no esperaban. Para ellos, la base Al Andalus de Najaf era un descanso, dejarían de hacer escoltas durante muchas horas, y se dedicarían a dar seguridad en una base pequeña y tranquila. La llamaban “el balneario” porque durante una semana sus tareas consistirían en estar de guardia por turnos de cuatro horas, alguna escolta ocasional, y el resto del tiempo para hacer deporte y descansar. Y hacia el balneario viajaron los sargentos Lorenzo, Pinto y Galán; los cabos 1º Delgado, Moisés, Benítez y Bolaño; los cabos Guadalupe Pulido, Blanco y Pavón; los soldados Méndez, Sandra Duque, Saueceda, Acevedo, Monge, Barco, Villarrubia, Suárez, Parra, Cuenca, Boza, Justo, Luna, Caballero, Nápoles, Blas y Jorna; y el alférez Guisado.

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Todos somos uno

Al llegar a Najaf repasaron el plan de defensa de la base, para que en caso de alarma nada pudiera disgregarse o dispersarse en la niebla o con el fuego; y una vez establecidos los turnos de guardia, en esa frontera de aire y arena, quien pudo se fue a descansar.

Ellos no sabían que nada era igual ese día, 03 de abril de 2004, pues los estadounidenses habían detenido al segundo de Muqtada Al Sadr, el imán Al Yaqubi. Por eso, mientras la sección descansaba de las operaciones del día anterior, hubo una gran manifestación en las puertas de la Base, encabezada por la mujer de Al Yaqubi. Quería entregarle ropa y otros enseres a su marido detenido y exigían su libertad. Pero los españoles no tenían conocimiento de esa detención. Se les dijo que no estaba allí y que las tropas españolas no tenían nada que ver; por si acaso, se realizó un despliegue de la sección como demostración de fuerza. Se marcharon, pero dijeron que volverían a manifestarse al día siguiente.

En la mañana del día 04 de abril, domingo, se inició el ataque, el cabo 1º Cortés entró en la nave gritando ¡Nos atacan! Jacinto saltó de la litera de lona, se puso los pantalones, las botas a medio abrochar y se colocó el chaleco, y corriendo se dirigió a su posición. La sección había desplegado según el plan de seguridad y estaba recibiendo muchísimo fuego, tanto de fusilería como de cohetes (RPG), que cuando no chocaban contra los muros pasaban silbando sobre sus cabezas mientras la arena, lejos del reposo, era batida por las botas de todos los soldados que acudían raudos a la generala. El primer ataque consiguieron repelerlo. En medio de esa defensa, por radio, Jacinto recibe la orden del coronel Asarta de dirigirse a un campamento cercano donde soldados salvadoreños instruían al ICDC, el nuevo cuerpo de defensa iraquí.

Jacinto transmitió la orden a sus sargentos, Lorenzo, Pinto y Galán; y contactó con el capitán que estaba al mando de ese campamento; mientras se recomponía la defensa de la base con los VEC de Caballería, a cargo del capitán Placer. El tirador de precisión de la sección, el cabo 1º Benítez, se quedó apostado en las azoteas de la base, para apoyar por el fuego la salida.

Les atacaban desde todas partes. No pudieron salir por la puerta principal, así que lo hicieron por la zona sur de la base, lo que les obligó a cruzar toda la ciudad Se movían como piezas de acero de un único engranaje, repeliendo el fuego con el fuego y valor con más valor. Con no poco esfuerzo y batiendo todas las zonas posibles consiguieron cruzar la ciudad y llegar hasta la entrada del edificio de la ICDC y en el contiguo de la cárcel, que estaba totalmente rodeada. De hierro era ese tiempo y de hierro lo tomaron. La sección se dispuso en línea y, con mucho fuego, consiguió romper el cerco, entrando por fuerza hasta llegar a la parte trasera del patio. Dejando atrás el ruido de la batalla y el polvo levantado por los vehículos. Dentro la situación era muy complicada, con muertos y heridos.

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Por el camino, habían apoyado a una sección salvadoreña que estaba intentando llegar a pie hasta la cárcel a ayudar a sus compañeros, pues sabían que muchos de ellos estaban en peligro; pero rápidamente fue rodeada por un número muy superior de gente armada hasta encontrarse en verdaderos apuros. Los apoyaron con el fuego y los dejaron en el lugar más seguro posible con la promesa de recogerlos más tarde. ¡Volveremos por vosotros, resistid aquí!

Dentro del edificio de la ICDC, mientras sacaban todo lo que se podía de los vehículos para poder cargar los heridos que iban en camilla, se sopesó la situación; los heridos eran graves y el capitán salvadoreño le pidió al alférez Guisado que se los llevara rápidamente, pero que no se olvidara de ellos. Con un saludo confiado Jacinto se despidió del capitán.

El personal de la Sección iba dispuesto como habían practicado miles de veces, en una rutina que en ocasiones parecía aburrida y trivial y ahora se convertía en instinto. Todos cubrían sus sectores. Recorrieron el camino de vuelta, disparando sobre todas las bocas de fuego que les atacaban, manteniendo en sus corazones esa tradición del coraje que sólo es capaz de describir el verso y la pintura. Rápidamente entraron en la base y después de dejar a los heridos en el botiquín volvieron a su despliegue y dieron novedades. El coronel le preguntó a Jacinto cuánto personal quedaba en la cárcel. Al decirle la cantidad, casi un centenar, le ordenó volver y sacarlos.

Volver de nuevo. Volver de nuevo a la luz o a las sombras de las batallas que aquello era ahora Najaf, una auténtica batalla. Jacinto miraba a sus hombres y mujeres sabiendo que lo que iba a pedirles era volver al combate, volver a un lugar ya conocido lleno de metralla, donde hacía falta algo más que arrojo; y ellos, sin duda lo tenían: instrucción y disciplina.

Tenían que municionar de nuevo, pues habían gastado todos los cargadores que llevaban. El sargento Pinto y el cabo Acevedo, fueron a por munición. Los VEC de Caballería les entregaron cartuchos de 7,62 para las ametralladoras. Ya habían cruzado la ciudad una vez, combatido sin bajas propias, roto el cerco y vuelto con heridos que consiguieron salvar la vida; y ahora, tienen que volver al mismo camino tan indescifrable como la primera vez, pero ya conocido en su necesitado esfuerzo y seguro peligro.

Jacinto se acercó a sus hombres y mujeres y les dijo: «tenemos que volver a salir»; y sonrió cuando, viendo sus caras, sólo oyó tres palabras: «a la orden». Con los mismos olores de gasoil, frenada y cartuchería percutida, y los mismos sonidos de cientos de rebotes en los blindados y en el suelo y algún RPG que pasaba por encima de sus cabezas, mientras las ametralladoras de los vehículos batían todas las azoteas. De nuevo, volvieron a cruzar la ciudad y a romper el cerco.

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Sacaron a todo el personal del edificio del ICDC, pero el alférez Guisado todavía tenía pendiente de recoger a parte de la sección salvadoreña que en la calle se defendía con valor pero que estaba totalmente rodeada. Había que salir de la cárcel con el convoy formado, Jacinto iba en vanguardia y el sargento Lorenzo en retaguardia. Las rampas de los BMR iban bajadas para poder subir sobre la marcha a los soldados salvadoreños, mientras hacían fuego sobre el personal hostil que les atacaba. De pronto, aparecieron dos helicópteros Apache que facilitaron bastante el camino de vuelta.

Mientras avanzaban, Jacinto vio caer desde una azotea a un hombre con un cohete RPG en el hombro y que estaba a punto de hacer fuego sobre el convoy. Miró hacia atrás y vio al soldado Monge batiendo la azotea con su ametralladora. «Todos somos uno —pensó—, tengo la mejor sección de Infantería del mundo» y se alegró cuando vio tan cerca la puerta de la base “Al Andalus” de Najaf; por fin estaban otra vez de vuelta en el “balneario”.

SÍ A TODO

Con la narración de la heroicidad del comandante Miguel Ángel Franco en Malí, iniciamos una sección dedicada a los militares del Ejército de Tierra merecedores de la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Rojo.

Ya no cabe hacer esta pregunta: ¿dónde estará escrita la historia de aquellos soldados que compartieron nuestros días y que están trazando con sus hechos la epopeya más moderna del Ejército español? Tal vez lleguen pronto poetas y novelistas para glosarlas; pero, mientras tanto, sus aventuras estarán recogidas en el periódico Tierra. Y en Bamako (Mali) comenzamos nuestra serie.

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En aquel preciso momento (15.30) estaba escuchando una canción cuyo título no recordó luego, mientras descansaba bajo el enramado del lugar donde poco antes había comido una pizza. Toqueteaba su teléfono móvil, demostrando que también era hijo de estos tiempos modernos, y disfrutaba de un día de descanso, compartiendo con sus compañeros de misión en Mali cosas tan sencillas como una amena charla, un baño en la piscina o el sabor de una fruta.

En el complejo turístico Le Campement, situado a las afueras de la capital, Bamako, nada era diferente. Por motivos de seguridad, el hotel cuenta con personal armado dedicado a la protección de los clientes, y está situado en una zona árida y pedregosa cubierta por pequeños arbustos y tenue vegetación. Sus locales se dividen en dos áreas: un área llana en la parte norte con alojamientos de tipo rural y una pequeña piscina; y otra, que se extiende a lo largo de una ladera, en la parte sur, con un control de acceso a tres pequeñas piscinas escalonadas en diferentes alturas, una tirolina y dos zonas de restauración, con techos de ramas entramadas.

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A Le Campement, donde ese día había unas 50 personas entre visitantes y empleados, se dirigieron doce componentes de la Misión de Adiestramiento de la Unión Europea, para pasar unas horas de descanso; entre ellos, un comandante del Ejército español. Vestía un bañador rojo, y había dejado su camiseta blanca con dibujos en negro y sus chanclas junto a una silla; eran las 15.40 del 18 de junio de 2017.

De repente, a través de los auriculares escuchó un sonido que identificó como disparos. Rápidamente, arrojó los auriculares al suelo, se puso de pie e intentó detectar el origen del fuego para orientar a toda la gente, que en un primer momento no sabía qué hacer, hacia la vía de escape que consideró más segura.

Con esa primera reacción, el comandante Miguel Ángel Franco salvó muchas vidas al empezar a gritar: «go!, go!, go!; attack!, attack!, attack! (¡vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!; ¡ataque!, ¡ataque!, ¡ataque!)»; señalando con gestos a todos, con cuantos pudo contactar visualmente, que se dirigieran hacia la colina adyacente y comenzando a correr en esa dirección. En ese momento, se oyó el estrépito del ataque, y se reveló la disciplina y la experiencia acumulada en las maniobras, las muchas misiones a sus espaldas…Cada cual buscó en ese momento inicial el refugio que pudo mientras silbaban las balas por todos lados; algunos decidieron escabullirse hacia la zona oeste y la mayoría, con Miguel Ángel, lo hicieron hacia la zona central. Una mujer de apariencia nórdica, y que llevaba un bebé en un brazo y una niña de corta edad en el otro, se protegió en la misma posición que él. La niña gritaba de forma desgarradora y Miguel Ángel, con gestos, le dijo a su madre que tratara de calmarla y evitara sus gritos, para no ser descubiertos, y que se ocultara lo más posible entre la maleza. En cuanto pudo, mientras oían disparos, realizó su primera llamada al centro de operaciones, susurrando lo más bajo posible para no delatar su posición: «I am O34, Major Franco, we are under an attack in Le Campement, we need support, call the Gendarmerie (Soy O34, Comandante Franco, estamos siendo atacados en Le Campement, necesitamos apoyo, llamad a la Gendarmería)».

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La rápida huida hizo que los terroristas no tuvieran tiempo de rodear la posición y que sólo consiguieran matar a las personas que tuvieron a tiro en esas primeras ráfagas. Dos de las víctimas se encontraban en la zona del bar de la piscina intermedia, otra víctima sufrió un infarto durante el ataque y la huida; y una cuarta, fue nuestro compañero del Ejército portugués. El sargento primero se encontraba tomando el sol al borde de la piscina y, probablemente, fue alcanzado por alguno de los disparos que llovían por todos lados en los instantes iniciales. «¡Un arma!» A Miguel Ángel, descalzo, con los pies llenos de heridas por los cortes que le provocaban los guijarros, y vistiendo sólo su bañador de color rojo, le hacía falta un arma; un arma forjada para defender a todas las personas que lo seguían, obedeciendo sus indicaciones como si fuera su última esperanza. Un arma que le trajera la buena fortuna de poder defenderse de los AK-47 que portaban los terroristas que les estaban atacando.

Estaban a unos cincuenta metros del punto inicial, en una zona de más altura, pedregosa y afilada, con pocos arbustos para que todos consiguieran esconderse. Al mirar a su alrededor, Miguel Ángel se percató de que un compañero de misión de otra nacionalidad portaba una mochila. Le preguntó si llevaba un arma, a lo que le contestó que sí, y rápidamente le pidió que se la diera. Una pistola de 9 mm y catorce cartuchos en el cargador tal vez no fuera suficiente para enfrentarse a los Kalashnikov; pero, al menos, les ayudaría a ganar tiempo mientras esperaban que llegara el rescate. De pronto, observó cómo se aproximaba un terrorista…

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Era un varón que vestía un turbante negro, cubriendo su cabeza y cuello. La piel de sus brazos no era ni clara ni totalmente oscura. Portaba un fusil AK-47 y progresaba colina arriba por el camino, rastreando con la mirada todos los matorrales, a izquierda y derecha, en busca de huidos. El terrorista se acercaba a su posición apuntando a todos lados, pero sin haberlos visto todavía. 70 metros, 60 metros… en ese momento el comandante

Miguel Ángel Franco les indicó a todos los que allí se escondían que cuando comenzara a disparar abandonaran la posición y tomaran la dirección del camino hacia el suroeste, colina arriba. Miguel Ángel se aprestó al duelo, sabiendo que era inevitable, y adoptó la posición más estable posible, apuntando con la pistola al terrorista. 50 metros. Estaba demasiado lejos como para hacer fuego eficaz sobre él y sabía que si se adelantaba al momento oportuno tenía muchas posibilidades de errar, delatar su posición, quedar en inferioridad respecto al arma de su enemigo y perder el factor sorpresa, que cuando se trata del combate es uno de los principios que hay que aprovechar. Así que decidió esperar a que se acercara lo más posible. Una espera que se hizo eterna. El arma no era suya y se le pasó por la cabeza que igual, esa pistola y esa munición podían no funcionar cuando lo necesitara…

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20 metros, 15 metros; el terrorista en ese momento se detuvo, percatándose de la presencia de las personas allí refugiadas y, apuntando su arma, abrió fuego. De manera simultánea, Miguel Ángel realizó una serie de disparos mientras se incorporaba, consiguiendo que el terrorista interrumpiera el tiroteo. Eso le permitió realizar un pequeño avance de entre uno o dos metros y hacer una última serie de disparos, que detuvieron al terrorista y lo hicieron desistir de seguirlo. En ese instante empezó a recibir disparos desde otro origen de fuego, lo que le obligó a cesar en su acción y comenzar su avance de repliegue colina arriba. Podía sentir los disparos impactar a su alrededor y todavía no entiende cómo ninguno de ellos alcanzó su cuerpo. Saltando de un lugar a otro, buscando la mayor cubierta posible, logró salir de allí. Y mientras seguía subiendo, con los pies sangrando (porque seguía descalzo) y con un dolor muy intenso, animaba a todo el mundo a que siguiera hacia arriba: «Go!, go!, go!, up to the hill!, dont stop! (¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!, ¡hacia arriba! ¡no paréis!»). Desde lejos observó cómo los terroristas habían prendido fuego al recinto y, por todos los medios a su alcance, trató de dar su localización para evitar que las fuerzas que acudían al rescate pudieran batir la zona en la que se encontraban.

Sobre las 16.50 comenzaron a oír disparos de armas de 12,70 mm provenientes de la zona baja de la colina; y eso significaba que las fuerzas de rescate se estaban enfrentando a los terroristas. Decidió aguantar la posición porque creyó que cualquier movimiento podría delatarlos y desde allí veían a las fuerzas malienses acercándose a Le Campement.

Sobre las 18.00 un equipo de extracción español contactó con él, y escuchar esas palabras en lengua castellana, dulces a sus oídos, le alegró sobremanera. Entre las 18.15 y las 18.37 realizó y recibió múltiples llamadas, hasta que identificaron un collado donde se podía efectuar el rescate. Tocaba ahora subir hasta la divisoria. Entonces vio cómo la sed lo abrasaba y cuando decidió levantarse notó cómo sangraba por las rodillas y los pies.

Avanzó un par de metros y cayó al suelo.

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Entendió que lo mejor era que el grupo subiera y él les cubriera con los cuatro cartuchos que le quedaban. Dos mujeres holandesas, entre lágrimas, se negaban a abandonarlo, así que se puso de pie en varias ocasiones, diciéndoles que estaba bien y que no se preocuparan. Cuando ya apenas podía moverse, por la intensidad del dolor, recorrió los últimos 30 metros arrastrándose, boca arriba, con un solo brazo. En ese momento escuchó, por radio, una conversación que estaba teniendo lugar a no más de 15 metros y gritó: «¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!».

Una vez que llegó la ayuda, se reunió a todo el grupo y Miguel Ángel, ante la imposibilidad de andar, fue sacado a hombros por uno de los miembros del equipo de rescate; de nuevo Eneas se alejaba de las llamas y del combate después de haber peleado como un valiente, en una imagen que se repite cada cierto tiempo en los lugares más insospechados del planeta; mientras las palabras de Virgilio, como una letanía, volaban sobre el cielo de Mali al divisarse, en la tenue luz del atardecer, el perfil del comandante Miguel Ángel Franco, sobre los hombros de otro soldado español que acudió en su ayuda: Súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos; y sobre su cuello llevó Miguel Ángel, la tarde del 18 de junio de 2017, las vidas de muchos civiles que estaban en el hotel Le Campement, a las afueras de Bamako, pasando un caluroso día de descanso. Él, a las 15:40 de esa tarde, se encontraba sentado al borde de la piscina, escuchando con sus auriculares una canción cuyo nombre no recordó luego.