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SÍ A TODO

Con la narración de la heroicidad del comandante Miguel Ángel Franco en Malí, iniciamos una sección dedicada a los militares del Ejército de Tierra merecedores de la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Rojo.

Ya no cabe hacer esta pregunta: ¿dónde estará escrita la historia de aquellos soldados que compartieron nuestros días y que están trazando con sus hechos la epopeya más moderna del Ejército español? Tal vez lleguen pronto poetas y novelistas para glosarlas; pero, mientras tanto, sus aventuras estarán recogidas en el periódico Tierra. Y en Bamako (Mali) comenzamos nuestra serie.

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En aquel preciso momento (15.30) estaba escuchando una canción cuyo título no recordó luego, mientras descansaba bajo el enramado del lugar donde poco antes había comido una pizza. Toqueteaba su teléfono móvil, demostrando que también era hijo de estos tiempos modernos, y disfrutaba de un día de descanso, compartiendo con sus compañeros de misión en Mali cosas tan sencillas como una amena charla, un baño en la piscina o el sabor de una fruta.

En el complejo turístico Le Campement, situado a las afueras de la capital, Bamako, nada era diferente. Por motivos de seguridad, el hotel cuenta con personal armado dedicado a la protección de los clientes, y está situado en una zona árida y pedregosa cubierta por pequeños arbustos y tenue vegetación. Sus locales se dividen en dos áreas: un área llana en la parte norte con alojamientos de tipo rural y una pequeña piscina; y otra, que se extiende a lo largo de una ladera, en la parte sur, con un control de acceso a tres pequeñas piscinas escalonadas en diferentes alturas, una tirolina y dos zonas de restauración, con techos de ramas entramadas.

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A Le Campement, donde ese día había unas 50 personas entre visitantes y empleados, se dirigieron doce componentes de la Misión de Adiestramiento de la Unión Europea, para pasar unas horas de descanso; entre ellos, un comandante del Ejército español. Vestía un bañador rojo, y había dejado su camiseta blanca con dibujos en negro y sus chanclas junto a una silla; eran las 15.40 del 18 de junio de 2017.

De repente, a través de los auriculares escuchó un sonido que identificó como disparos. Rápidamente, arrojó los auriculares al suelo, se puso de pie e intentó detectar el origen del fuego para orientar a toda la gente, que en un primer momento no sabía qué hacer, hacia la vía de escape que consideró más segura.

Con esa primera reacción, el comandante Miguel Ángel Franco salvó muchas vidas al empezar a gritar: «go!, go!, go!; attack!, attack!, attack! (¡vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!; ¡ataque!, ¡ataque!, ¡ataque!)»; señalando con gestos a todos, con cuantos pudo contactar visualmente, que se dirigieran hacia la colina adyacente y comenzando a correr en esa dirección. En ese momento, se oyó el estrépito del ataque, y se reveló la disciplina y la experiencia acumulada en las maniobras, las muchas misiones a sus espaldas…Cada cual buscó en ese momento inicial el refugio que pudo mientras silbaban las balas por todos lados; algunos decidieron escabullirse hacia la zona oeste y la mayoría, con Miguel Ángel, lo hicieron hacia la zona central. Una mujer de apariencia nórdica, y que llevaba un bebé en un brazo y una niña de corta edad en el otro, se protegió en la misma posición que él. La niña gritaba de forma desgarradora y Miguel Ángel, con gestos, le dijo a su madre que tratara de calmarla y evitara sus gritos, para no ser descubiertos, y que se ocultara lo más posible entre la maleza. En cuanto pudo, mientras oían disparos, realizó su primera llamada al centro de operaciones, susurrando lo más bajo posible para no delatar su posición: «I am O34, Major Franco, we are under an attack in Le Campement, we need support, call the Gendarmerie (Soy O34, Comandante Franco, estamos siendo atacados en Le Campement, necesitamos apoyo, llamad a la Gendarmería)».

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La rápida huida hizo que los terroristas no tuvieran tiempo de rodear la posición y que sólo consiguieran matar a las personas que tuvieron a tiro en esas primeras ráfagas. Dos de las víctimas se encontraban en la zona del bar de la piscina intermedia, otra víctima sufrió un infarto durante el ataque y la huida; y una cuarta, fue nuestro compañero del Ejército portugués. El sargento primero se encontraba tomando el sol al borde de la piscina y, probablemente, fue alcanzado por alguno de los disparos que llovían por todos lados en los instantes iniciales. «¡Un arma!» A Miguel Ángel, descalzo, con los pies llenos de heridas por los cortes que le provocaban los guijarros, y vistiendo sólo su bañador de color rojo, le hacía falta un arma; un arma forjada para defender a todas las personas que lo seguían, obedeciendo sus indicaciones como si fuera su última esperanza. Un arma que le trajera la buena fortuna de poder defenderse de los AK-47 que portaban los terroristas que les estaban atacando.

Estaban a unos cincuenta metros del punto inicial, en una zona de más altura, pedregosa y afilada, con pocos arbustos para que todos consiguieran esconderse. Al mirar a su alrededor, Miguel Ángel se percató de que un compañero de misión de otra nacionalidad portaba una mochila. Le preguntó si llevaba un arma, a lo que le contestó que sí, y rápidamente le pidió que se la diera. Una pistola de 9 mm y catorce cartuchos en el cargador tal vez no fuera suficiente para enfrentarse a los Kalashnikov; pero, al menos, les ayudaría a ganar tiempo mientras esperaban que llegara el rescate. De pronto, observó cómo se aproximaba un terrorista…

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Era un varón que vestía un turbante negro, cubriendo su cabeza y cuello. La piel de sus brazos no era ni clara ni totalmente oscura. Portaba un fusil AK-47 y progresaba colina arriba por el camino, rastreando con la mirada todos los matorrales, a izquierda y derecha, en busca de huidos. El terrorista se acercaba a su posición apuntando a todos lados, pero sin haberlos visto todavía. 70 metros, 60 metros… en ese momento el comandante

Miguel Ángel Franco les indicó a todos los que allí se escondían que cuando comenzara a disparar abandonaran la posición y tomaran la dirección del camino hacia el suroeste, colina arriba. Miguel Ángel se aprestó al duelo, sabiendo que era inevitable, y adoptó la posición más estable posible, apuntando con la pistola al terrorista. 50 metros. Estaba demasiado lejos como para hacer fuego eficaz sobre él y sabía que si se adelantaba al momento oportuno tenía muchas posibilidades de errar, delatar su posición, quedar en inferioridad respecto al arma de su enemigo y perder el factor sorpresa, que cuando se trata del combate es uno de los principios que hay que aprovechar. Así que decidió esperar a que se acercara lo más posible. Una espera que se hizo eterna. El arma no era suya y se le pasó por la cabeza que igual, esa pistola y esa munición podían no funcionar cuando lo necesitara…

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20 metros, 15 metros; el terrorista en ese momento se detuvo, percatándose de la presencia de las personas allí refugiadas y, apuntando su arma, abrió fuego. De manera simultánea, Miguel Ángel realizó una serie de disparos mientras se incorporaba, consiguiendo que el terrorista interrumpiera el tiroteo. Eso le permitió realizar un pequeño avance de entre uno o dos metros y hacer una última serie de disparos, que detuvieron al terrorista y lo hicieron desistir de seguirlo. En ese instante empezó a recibir disparos desde otro origen de fuego, lo que le obligó a cesar en su acción y comenzar su avance de repliegue colina arriba. Podía sentir los disparos impactar a su alrededor y todavía no entiende cómo ninguno de ellos alcanzó su cuerpo. Saltando de un lugar a otro, buscando la mayor cubierta posible, logró salir de allí. Y mientras seguía subiendo, con los pies sangrando (porque seguía descalzo) y con un dolor muy intenso, animaba a todo el mundo a que siguiera hacia arriba: «Go!, go!, go!, up to the hill!, dont stop! (¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!, ¡hacia arriba! ¡no paréis!»). Desde lejos observó cómo los terroristas habían prendido fuego al recinto y, por todos los medios a su alcance, trató de dar su localización para evitar que las fuerzas que acudían al rescate pudieran batir la zona en la que se encontraban.

Sobre las 16.50 comenzaron a oír disparos de armas de 12,70 mm provenientes de la zona baja de la colina; y eso significaba que las fuerzas de rescate se estaban enfrentando a los terroristas. Decidió aguantar la posición porque creyó que cualquier movimiento podría delatarlos y desde allí veían a las fuerzas malienses acercándose a Le Campement.

Sobre las 18.00 un equipo de extracción español contactó con él, y escuchar esas palabras en lengua castellana, dulces a sus oídos, le alegró sobremanera. Entre las 18.15 y las 18.37 realizó y recibió múltiples llamadas, hasta que identificaron un collado donde se podía efectuar el rescate. Tocaba ahora subir hasta la divisoria. Entonces vio cómo la sed lo abrasaba y cuando decidió levantarse notó cómo sangraba por las rodillas y los pies.

Avanzó un par de metros y cayó al suelo.

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Entendió que lo mejor era que el grupo subiera y él les cubriera con los cuatro cartuchos que le quedaban. Dos mujeres holandesas, entre lágrimas, se negaban a abandonarlo, así que se puso de pie en varias ocasiones, diciéndoles que estaba bien y que no se preocuparan. Cuando ya apenas podía moverse, por la intensidad del dolor, recorrió los últimos 30 metros arrastrándose, boca arriba, con un solo brazo. En ese momento escuchó, por radio, una conversación que estaba teniendo lugar a no más de 15 metros y gritó: «¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!».

Una vez que llegó la ayuda, se reunió a todo el grupo y Miguel Ángel, ante la imposibilidad de andar, fue sacado a hombros por uno de los miembros del equipo de rescate; de nuevo Eneas se alejaba de las llamas y del combate después de haber peleado como un valiente, en una imagen que se repite cada cierto tiempo en los lugares más insospechados del planeta; mientras las palabras de Virgilio, como una letanía, volaban sobre el cielo de Mali al divisarse, en la tenue luz del atardecer, el perfil del comandante Miguel Ángel Franco, sobre los hombros de otro soldado español que acudió en su ayuda: Súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos; y sobre su cuello llevó Miguel Ángel, la tarde del 18 de junio de 2017, las vidas de muchos civiles que estaban en el hotel Le Campement, a las afueras de Bamako, pasando un caluroso día de descanso. Él, a las 15:40 de esa tarde, se encontraba sentado al borde de la piscina, escuchando con sus auriculares una canción cuyo nombre no recordó luego.

Carta a un padre…

Estas son las palabras que ha querido dedicar a su padre el caballero alumno Delgado (de la Academia General Básica de Suboficiales). Es hijo de uno de los componentes de la Agrupación “Canarias” que falleció en el desarrollo de su misión en Bosnia-Herzegovina. Esta agrupación fue el segundo contingente español que desplegó en el país balcánico, en abril de 1993 y fue el que pagó un precio más alto en vidas por llevar la paz a una región de Europa que se desangraba. Estaba formado sobre la base de la Legión, pero se habían sumado unidades de toda España, entre ellas una Sección de Zapadores de la Brigada Paracaidista…

Sargento 1º Delgado
Sargento 1º Delgado

“Nunca había tenido la oportunidad de escribir sobre este tema, aunque es muy especial para mí. Me presento: soy el caballero alumno de la AGBS José Antonio Delgado Gómez, hijo del sargento José Antonio Delgado Fernández, fallecido en acto de servicio el 19 de junio de 1993 en el río Neretva (Bosnia-Herzegovina), junto a los caballeros legionarios paracaidistas Agustín Maté Costa, Samuel Aguilar Jiménez e Isaac Piñeiro Varela (estos tres de entre 18 y 19 años). Posteriormente, todos ascendieron a título póstumo al siguiente empleo (sargento 1º y cabo, respectivamente).

Así sucedieron los acontecimientos ese fatídico día: en el convoy para Jablanica, la Sección de Zapadores —formada por tres Vehículos de Combate de Zapadores (VCZ) con pala frontal y un Mercurio de Transmisiones y al mando de la cual estaba el capitán Godoy— se disponía a descender por un bypass. Este desvío venía condicionado por la destrucción del puente de Bijela, que obligaba a una ruta alternativa hasta la altura del puente de Dreznica (punto de confrontación entre croatas y musulmanes). La carretera de montaña que bajaba al puente era muy mala, tenía muchas curvas y los vehículos sufrían tanto tiempo de bajada (los discos de freno se calentaban). En uno de los puntos críticos, los frenos del VCZ —en el que viajaban los cuatro fallecidos y el conductor, Igor Castresana— no respondieron y colisionó con el muro que limitaba la calzada; tras una caída de 30 metros, el vehículo se precipitó al río, flotando 40 metros antes de sumergirse.

De izquierda a derecha: teniente Aguado, sargento Delgado y sargento 1º Mantecón
De izquierda a derecha: teniente Aguado, sargento Delgado y sargento 1º Mantecón

Fue imposible mantenerse a flote, ya que portaban todo el equipo (chaleco antifragmento, munición, botas, armamento…) solo pudo salvarse el conductor del vehículo, ya que no llevaba el pesado antifragmento y tenía justo la escotilla encima de su cabeza.

Fue un rescate complicado donde la Bandera de Operaciones Especiales de la Legión (BOEL) y los zapadores de la Brigada Paracaidista “se dejaron la piel” para sacar los cuerpos del Neretva. Los legionarios de la BOEL hicieron inmersiones a pulmón libre hasta que llegaron los buceadores, pero la labor fue muy complicada por la profundidad, la oscuridad, alguna que otra mina, el cieno del fondo del río y estar en plena línea de confrontación. En total tardaron 5 días en rescatar los cuerpos, pero nadie pensó en el cansancio ni en los peligros…

Sargento Delgado y sargento 1º Mantecón
Sargento Delgado y sargento 1º Mantecón

Todo esto es un pequeño resumen de lo que sucedió (para quien no lo conociera), pero me gustaría hablar de algo más personal, como que en junio de este año habrán pasado 25 años de este fatídico suceso en Bosnia-Herzegovina. El recuerdo de mi padre siempre estará presente en todos aquellos que pudieron compartir con él su vida militar, y aunque yo no tuve la suerte de poder conocerle —mi madre estaba embarazada cuando él desplegó—, ellos siempre se han preocupado de que yo pueda, de alguna forma, saber cómo era él. Por eso siempre les agradeceré la ayuda y el apoyo que he recibido de ellos.

También me gustaría comentar que el Batallón de Zapadores de la BRIPAC todos los años hace una carrera con el nombre de mi padre, en la que el ganador recibe el premio el 30 de mayo, día de San Fernando, patrón de Ingenieros. Los últimos años he ido personalmente a entregar el premio y pasar ese día con ellos, ya que para mí es todo un orgullo.

Tras mi reciente ingreso en la AGBS (Academia General Básica de Suboficiales), en Talarn (Lérida), me llevé la grata sorpresa de que el edificio principal de aulas tiene como nombre: “Edificio Sargentos Tornel, Delgado y Casas” en honor a los suboficiales fallecidos en esos primeros años de la misión en Bosnia-Herzegovina. Además, en el museo de la Academia tienen objetos y equipo de ellos.

Entrada edificio aulas AGBS
Entrada edificio aulas AGBS

Mi padre fue una persona que marcó a todas las personas que le conocieron, muy noble con su familia, esposa y amigos. Un gran amante de la naturaleza, donde le encantaba ir con su padre y hermano pequeño de caza…

Este es mi pequeño homenaje después de 25 años a mi padre, a mi modelo a seguir en esta vida militar, que quería compartir con todos vosotros. Porque ellos son los verdaderos héroes de nuestra querida España, que decidieron servir a su país, dejando amigos y familia cumpliendo con su misión.”

De izquierda a derecha: sargento Mendoza, teniente Aguado, comandante Torres, sargento 1º Mantecón, sargento 1º Abad, sargento Delgado y sargento Terry
De izquierda a derecha: sargento Mendoza, teniente Aguado, comandante Torres, sargento 1º Mantecón, sargento 1º Abad, sargento Delgado y sargento Terry