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La revolución de la monotonía

Corría 1998 cuando el Periódico Tierra retrató a quien cambió por completo el concepto de la televisión en España. Aún le quedaban 20 años de carrera por delante, pero el carismático Chicho Ibáñez Serrador llevaba más de 40 premios a sus espaldas y compartió unos minutos con el periódico. Entonces, aseguraba que en su vida era necesaria la disciplina y, con humor, insistía en que: “Yo me precio de ser un magnífico coronel, pero necesito un general”, porque para él era importante tener un buen superior.

 

 

Con él llegó una época de cambio, en los años 60, en la que todo empezaba a descubrirse en España. Cada nueva idea que imaginó, con su batuta la transformó en realidad, mediante la que daba buena cuenta del gran maestro de ceremonias que era. Y por eso, dicen los españoles que fue “un director de programas como no ha habido otro en la historia televisiva”. Precisamente, llevaba en sus genes el mundo del espectáculo. Nació en 1935 y vivió durante sus primeros años en América, debido a que sus padres habían emigrado por su carrera teatral. En Argentina, se inició en la televisión e incluso llegó a ser corresponsal de guerra en el conflicto entre Israel y Egipto. Sus progenitores se divorciaron cuando apenas tenía cinco años y esto, unido a la enfermedad de púrpura hemorrágica que padeció, hicieron mella en su forma de ser. Sin embargo, la figura de su madre (que murió joven) fue clave en su vida, ya que le inició en el oficio y por eso pidió descansar con ella eternamente.

Chicho Ibánez

En 1963 se asentó en España, ya avalado por su experiencia como guionista, director y realizador, e introdujo en Televisión Española (la única cadena en ese momento) el terror y la ciencia ficción. No en vano, creció como un voraz lector de Edgar Allan Poe y del cineasta Alfred Hitchcock, quien fue su gran influencia. Gracias a él, los programas comenzaron a ser innovadores. No es para menos: tuvo la brillante idea de sacar las cámaras al exterior para realizar las grabaciones y utilizar las superposiciones de planos, con los que sorprendió a los telespectadores, acostumbrados a los clásicos programas grabados en platós idénticos.

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Chicho Ibánez

Alcanzó lo más alto con el programa “Un, dos, tres… Responda otra vez”, que congregó a más de 20 millones de espectadores durante casi dos décadas. ¡Cómo olvidar a Don Cicuta! Ese personaje irónico, en contra de los concursantes y al que sucedieron el Profesor Lápiz, Don Rácano y Don Estrecho. Familias enteras esperaban impacientes los viernes para reunirse en torno a esa gran “caja” que proyectaba imágenes de un canal. Era 1972 y ese año la televisión en color derribaba las barreras audiovisuales en nuestro país. Cuando en el Periódico Tierra le preguntamos por la idea de este famoso programa, contestó sencillamente que él ideó un concurso basado en tres mecánicas a las que le puso aderezos desconocidos hasta el momento. Y surgieron las azafatas, aquellas ayudantes del programa caracterizadas con gafas grandes de pasta que Chicho descubrió y que las catapultó a la fama como presentadoras o actrices. Incluso creó la productora Prointel en 1970 para desarrollar sus propias producciones en cine, televisión, teatro y publicidad.

Chicho Ibánez

A partir de entonces, su carrera era un no parar: fue director de programas en TVE, dirigió cortos, largometrajes de terror (”La residencia” y “¿Quién puede matar a un niño?”), teatro (como “El águila y la niebla”) y produjo la ilusión de descubrir algo nuevo cada vez que los españoles se asomaban a la televisión.

Chicho Ibánez

Chicho siempre tuvo muy presente a la audiencia, para quien dirigió grandes series en la televisión (como “Historias para no dormir” o “Waku Waku”) y a la que siempre quiso ofrecer productos de calidad. No creía que él hubiera inventado nada, a pesar de sus logros, pero se coló en nuestras casas cuando las imágenes aún se emitían en blanco y negro. ¡Y vaya si inventó nuestra infancia! Desde entonces, ha conformado los recuerdos de varias generaciones de familias, precisamente, porque fue el eterno creador de ilusiones. Consciente de lo que había vivido, en nuestras páginas sentenció que: “Nada puede decirse que es un éxito con menos de cinco años de duración”. Y tú, querido Chicho, has triunfado durante más de cinco décadas. Descansa en paz, porque siempre te recordaremos.

Entrevista Bea Sarrias

“El personal de la OTAN ha sido un elemento importante en la obra”

La influencia de la luz sobre los edificios es una de las obsesiones que persiguen a la artista Bea Sarrias (Barcelona, 1978) desde que empezó a interesarse por la arquitectura en sus pinturas. La considera un aspecto vital a la hora de retratar un edificio y mostrar su personalidad, como ha tratado de hacer en el mural que figura en el ágora de la nueva sede de la OTAN en Bruselas, titulado Inside. Sigue así la estela de otros artistas españoles que han trabajado para instituciones y organismos internacionales, como Miquel Barceló, autor de las pinturas que decoran la cúpula del Palacio de las Naciones de la ONU de Ginebra.

¿Cómo llega la OTAN a hacerle este encargo para su nueva sede?

Hace más o menos un año expuse en Bruselas. En esa exposición proyectamos un vídeo en el que explicaba el proceso de retratar una casa. Varios miembros del comité de arte de la OTAN acudieron y les estuve explicando mi proceso creativo. Les gustó y me propusieron realizar un retrato de la nueva sede, que estaba recién inaugurada, y para ellos es un símbolo de diálogo y transparencia. Entonces visité el edificio, nos reunimos e hice diferentes propuestas. Finalmente me dieron luz verde y, desde entonces, todo fue muy rápido.

¿Tuvo claro, desde el principio, qué quería plasmar?

El edificio me cautivó desde el primer momento. En cuanto entré en el ágora, el pasillo central del edificio y zona de máxima seguridad, tuve claro que sería la parte del edificio que pintaría. En el  cuadro he querido reflejar su inmensidad y la mezcla de los tres elementos arquitectónicos del edificio: metal (que representa resistencia), madera (humanidad) y cristal (transparencia).

Preparó la obra en su estudio pero comenta que el resultado final ha variado bastante…

El hecho de pintar la obra in situ era una parte importante del proceso creativo. El cambio de la luz a lo largo del día y la influencia de las personas que trabajan en el edificio eran dos elementos importantes para el resultado final. Eran elementos que no podía controlar en el proceso previo de preparación.

¿Cómo fue la experiencia de realizar su obra en la propia sede de la OTAN?

El primer día se hizo un acto inaugural. Pensé que después de este acto ya no me harían mucho caso… Y, para mi sorpresa, no fue así. Había personas que pasaban cada día para comentarme la evolución del cuadro, otras incluso varias veces al día. La gente lo hizo suyo y la verdad es que disfruté mucho de la experiencia y de la interacción con el público, que acabó influyendo positivamente en el resultado final de la obra.

¿Entre esas personas estaban algunos de los militares españoles que trabajan allí?

Sí, algunos venían a verme cada día para darme ánimos y apoyarme. Hemos hablado mucho. La verdad es que todo el personal de la delegación española, tanto militar como civil, se ha volcado y me ha transmitido mucho interés y cariño por el proyecto. También me fueron comentando ideas sobre el cuadro, tanto ellos como de otras nacionalidades. Se quedaron bastante sorprendidos de que pintara con un mono del Ejército de Tierra, un regalo que me hizo un amigo al acabar el servicio militar ¡hace 22 años! Cuando vuelva a exponer este año en Bruselas, les avisaré para que puedan asistir y así vernos. Me he llevado un gran recuerdo de ellos.

Pintora Bea Sarrias

Se trata de la primera vez que la OTAN realiza una acción artística de este tipo.

¿Se siente afortunada de haber sido la elegida?, ¿fue una gran responsabilidad? Me siento muy afortunada, realmente ha sido un regalo para mí. La responsabilidad surgió sobre todo por los pequeños ajustes a nivel de ejecución de la obra. El lienzo, en principio, medía 3×6 metros pero tuvimos que reducirlo de alto por temas de normativas y seguridad (ya que no podía subirme a una escalera). También el tiempo. En un principio pedí cinco semanas para su realización, que quedaron reducidas a dos. La primera semana dibujé el cuadro en un atelier de Bruselas y la segunda semana lo pinté en el ágora. Pero, creativamente, me dieron absoluta libertad.

Como artista, ¿qué opina de que en una institución como la OTAN haya un interés por impulsar la creación artística?

Considero que a través de una acción artística la OTAN puede acercarse a otro tipo de público y que las personas la puedan ver con otros ojos. No solo como una institución de defensa, sino también como un espacio de diálogo.

¿Qué balance hace de esta experiencia?

Este proyecto me ha abierto una nueva línea de trabajo. Ha sido un reto trabajar con una gran institución, con público y presión por el tiempo. Me gustaría poder afrontar nuevos proyectos en esta línea.

¿Considera importante la existencia de instituciones como la OTAN para la defensa colectiva?

Mi padre siempre me repetía: “Tu libertad acaba donde empieza la del otro”. Ojalá no fuera necesario tener que defendernos de nada, pero eso es una utopía… Creo que las alianzas, en general, son positivas.

¿Cómo ha evolucionado su obra de sus inicios hasta hoy?

Al principio pintaba solo figura humana y con mucho color. En 2004 tuve un punto de inflexión y empecé a interesarme por la arquitectura.

¿Cuáles son sus referentes artísticos?

Antonio López, Alex Katz, Goya, Velázquez, Rothko… Escultores como Oteiza, fotógrafos como Julius Shulman y arquitectos como Coderch, Neutra, Seerinen, Sainz de Oiza, Sert o Bonet Castellana.