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Conocer a … Cabo Gutiérrez

«El regimiento ha sido mi energía»

Hace unos diez años, el cabo Gutiérrez no se hubiera creído que conocería a sus ángeles de la guarda en Jaca (Huesca). Tampoco hubiera imaginado la llegada de José, su hijo, que le alumbraría en la oscuridad. Tal vez, tampoco pensó que encontraría una familia tan arraigada en su propia unidad, ni que el espíritu de compañerismo iría tan lejos. Es una pequeña parte de lo que el Regimiento de Cazadores de Montaña “Galicia” nº 64 (Brigada “Aragón” I) le ha demostrado al militar desde que ingresó en 2009, cuando su esperanza estaba por los suelos y consideraba que nada podría cambiar el rumbo de su vida.

Al pequeño José le diagnosticaron autismo cuando aún no había cumplido dos años. Un trastorno que le provoca un 41% de discapacidad, aunque el cabo asegura que «mi hijo es una máquina, es muy independiente y en el colegio la profesora me dice que está avanzando mucho». A pesar de ello, él quiso asumir su cuidado y tener la custodia completa y el juez se la concedió. Desde entonces, la madre ha tenido poco trato con el pequeño (y hace mucho que no le llama). Lejos de decaer, el apoyo de su unidad le sirvió para albergar más fuerzas para luchar. La frustración acumulada estuvo a punto de impedírselo, pero no lo logró.

Cuando llegó al Regimiento, le encuadraron en el botiquín —aunque ahora está destinado en la PLMM— y le facilitaron la conciliación familiar, porque él quería estar con su hijo. También sus superiores se implicaron personalmente en la historia y no dejaron que pasase por ningún estado de necesidad. El militar es un padre orgulloso que ha luchado durante estos años por la «alegría de su vida» y reconoce que «siento auténtica pasión por mi hijo, me motiva más».

El cabo recuerda que quien fue su jefe durante tres años, el sargento 1º Morales, le cuidó como a un hijo y, con un instinto protector, le pidió que todos los días, cuando se levantase, le llamase para saber que estaba bien. «Yo comprendía su situación y lo único que he hecho es estar en un momento malo para amortiguarlo —cuenta Morales—. Es una persona con coraje».

El militar ha asumido todos los gastos porque la madre no tiene la obligación de pagar la manutención, ya que no trabaja. Sus compañeros de unidad, conscientes de las dificultades que atravesaba, le han ayudado sin que él se lo pidiera. Pero el cabo Gutiérrez no quiere que su historia envuelva un sentimiento de pena y compasión. Él insiste en que se siente agradecido a todos aquellos que han removido «cielo y tierra para procurar que yo pudiera atender de la mejor forma posible a mi hijo». Por eso, contar ahora su historia es la mejor forma de recordarles, aunque ya no estén en la misma unidad.

Por la cabeza no se le pasa cambiar de destino, después del cariño que su unidad y Jaca le han brindado durante estos 10 años. Le han arropado en sus peores momentos y confiaron en él desde el primer día. «A mí me han levantado aquí, he podido luchar por mi hijo porque el Regimiento ha sido mi energía», insiste. La vida le ha recompensado y él solo puede repetir: «GRACIAS, porque gracias a estas personas he podido sacar a mi niño adelante».

Cruzando el puente Tito

Teniente Francisco Jesús Aguilar Fernández del Tercio “Gran Capitán”, 1º de la Legión

No va a ser fácil la misión, porque llueven granadas por todos lados, hay días que se han contado hasta dos mil, y el fuego de fusilería cose las calles de la que fue la bella ciudad de los puentes y se ha convertido en la oscura ciudad del horror. La Agrupación “Canarias” lo sabe y no se permite un descanso.

«Nos preparamos», dice el teniente Aguilar a sus legionarios, «salimos en media hora». Las despedidas describen nuestro corazón más que los encuentros. En ese momento recuerda el día que partió de Melilla, y para despedirse escribió sobre la humedad del cristal de la ventana dos palabras. En este momento recuerda esas palabras y a quién iban dirigidas. Se pone el chaleco antifragmentos, coge su pistola y su CETME, comprueba los cargadores, pone el seguro y se dirige a su blindado.

Cruzando el puente Tito

El capitán va en vanguardia, dos blindados van en el centro y cerrando la columna, en ese lugar difícil donde avanzas mirando hacia atrás, el blindado del teniente Francisco Jesús Aguilar. Atraviesan el bulevar y alcanzan en Mostar este, el hospital croata, donde recogen los medicamentos. El director del hospital sigue insistiendo en que quiere que la prensa internacional capte el momento. Los legionarios saben que la memoria está en las calles, que hay demasiado polvo disperso por las explosiones en el aire, y que tienen que tomar el irremediable camino que los lleve a atravesar el puente Tito. Se ha informado a la zona operativa del ejército bosniocroata de que van a cruzarlo, pero están viviendo ese momento en el que no se respetan ni tregua ni hospitales, y llevan la certeza de que la columna recibirá fuego desde los edificios que los rodean y que estrechan las calles con el sinuoso sonido de los disparos y las explosiones.

Cruzando el puente Tito

El teniente Aguilar permanece en su escotilla, que le cubre la espalda. La columna está a unos metros de tocar el puente Tito y bajo él se intuye el Neretva en sus perfiles; pero sometida la piedra a tanto castigo, el humo y el polvo satura el aire; y los blancos blindados, bajo bandera de las Naciones Unidas, se abren paso hacia el barrio musulmán mientras interponen su camino entre el fuego cruzado que musulmanes y bosniocrotas desatan desde la calle Santice y desde la plaza que los españoles llaman de España. Saben que vamos, saben que somos fuerzas de interposición de la ONU, saben que llevamos medicamentos al hospital musulmán; y siguen disparando».

Es un camino que ya han hecho antes pero que nunca es el mismo. Los blindados rompen los haces de luz que, como espadas, cruzan el polvo, iluminando la arena que cae por su propio peso al suelo. No hay un vehículo que no tenga impactos; todos, hombres y máquinas están recibiendo un duro castigo; pero aguantan, saben que lo primero es la misión, y los heridos y los enfermos que les esperan en el hospital musulmán en Mostar Este. Los conductores y los jefes de vehículo mantienen la vista alerta. Los legionarios, dentro de los blindados, no ven el polvo que levanta las explosiones, ni las angostas ventanas, ni los muros que supuran odio, y se guían por los olores y por los ruidos. Todos se mantienen firmes en su camino y la divisoria, que es el puente Tito, está muy cerca.

Cruzando el puente Tito

El teniente Aguilar aguanta firme en su puesto. Va el último, guardando espalda y flanco de la columna. Todavía no es consciente de que el valor es la más perdurable memoria. Cuando, de pronto, un disparo, desde posiciones croatas, le atraviesa el hombro rozándole la médula que tan gloriosamente, en ese momento, ha ardido, y cae muerto, sobre la escotilla. Cruzan el puente Tito mientras el convoy llega con los medicamentos al hospital musulmán de Mostar para salvar vidas, que era su misión aquel día 11 de junio de 1993.

Cruzando el puente Tito