Nuestras Agustinas

Cada 8 de marzo, desde el año 1975, los países miembros de la ONU celebran el Día Internacional de la Mujer.

Por ello, desde primera hora de la mañana de hoy, en el patio central del Palacio de Buenavista –sede del Cuartel General del Ejército–, el tímido sol de invierno bruñe con más intensidad una de las ocho estatuas que adornan su perímetro. Don Pelayo, El Cid Campeador, Pizarro, el Gran Capitán y el resto de las figuras que representan a ilustres caballeros o militares españoles fijan su mirada en un punto concreto de la fachada este. Desde allí les saluda con un gesto mudo, altiva y orgullosa de pertenecer a ese selecto grupo, la representación de una mujer. Su nombre está unido por la historia al coraje de la mujer española y al fuego de un cañón. Hablamos, claro está, de Agustina Saragossa i Domènech, aunque es mucho más conocida desde principios del siglo XIX como Agustina de Aragón.

Zaragoza, julio de 1808. Catalana de nacimiento, Agustina se encontraba en Zaragoza acompañando a su marido militar, Juan Roca, que combatía en la Guerra de la Independencia contra los franceses. Durante el asedio al Portillo de San Agustín, cuenta la historia que Agustina y otras mujeres socorrían a los heridos y transportaban municiones y otros efectos. En un momento de la contienda, el cabo de una pieza cae herido y la explosión de una granada malhiere a los artilleros sirvientes. La batería queda inutilizada y con riesgo de ser asaltada de un momento a otro. Nuestra heroína pasa entre los muertos y heridos, coge un botafuego e inicia la mecha. La primera detonación hace que algunos de los artilleros heridos consigan levantarse y entre todos mantengan el fuego hasta que llega un refuerzo de otra batería. Este acto obliga al enemigo a una vergonzosa y precipitada retirada.

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Nuestras Agustinas

El general José de Palafox , capitán general de Zaragoza durante la contienda, la condecora con el título de Artillera –desde entonces llevará este sobrenombre– y un sueldo. Siguió vinculada al Ejército y con el tiempo alcanzaría el grado y haber de Subteniente de Artillería.

No es un caso aislado, pues otras mujeres españolas han pasado a la historia por hechos similares: Manuela Malasaña, María Pita o Marica Andallón son sólo unos ejemplos que invitamos a investigar.

La mujer en España se incorporó a las Fuerzas Armadas en 1988 tras la aprobación de un Real Decreto Ley que les permitía el acceso a veinticuatro Cuerpos o Escalas y a la Guardia Civil, aunque únicamente como guardia de segunda. Para las especialidades operativas habrían de esperar un año más, hasta la entrada en vigor de la Ley 17/1989. Antes del RD de 1988, las mujeres sólo tenían dos opciones para vestir un uniforme militar, sin serlo: ingresar en el Cuerpo de Matronas de la Guardia Civil o en el de Damas Auxiliares de Sanidad Militar.

La ilusión de Rosa F., que en la actualidad es funcionaria de la Administración, siempre fue ser militar y elegir una de las especialidades operativas. En 1983, cuando alcanzó la mayoría de edad, sólo podía intentar ser matrona o dama auxiliar. Aunque era hija de guardia civil, eligió la segunda opción. Se presentó al examen, lo aprobó, y se incorporó al primero de los dos cursos obligatorios que debía superar y que se realizaban en un hospital de la Defensa. Las clases eran teórico-prácticas y desde el primer día se volcaron con los enfermos de manera notable según algunos testimonios del momento.

El carácter de pertenencia al Cuerpo de Damas Auxiliares era totalmente altruista y de servicio público, pues no sólo carecían de sueldo, sino que ellas mismas tenían que costearse el uniforme –diseñado, curiosamente, por el famoso modisto español Cristóbal Balenciaga– y todos los gastos, incluida la alimentación. Rosa aún recuerda cuánto le costó el suyo: ocho mil pesetas de las de entonces. Según relata, «había que verme lo orgullosa que iba con mi uniforme militar por la calle o en el transporte público; me lo ponía siempre que podía. Me hubiera gustado ser militar de verdad, pero aquello era lo más parecido».

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Nuestras Agustinas

Hoy, en el Ejército de Tierra, las mujeres van alcanzando poco a poco todos los empleos en total igualdad con sus compañeros hombres. En concreto, en la Escala de Tropa ya han obtenido todos los empleos, desde Soldado hasta Cabo Mayor; en la Escala de Suboficiales el más alto que ostentan hasta ahora es el del Brigada y en la Escala de Oficiales, el de Coronel. Aunque es cuestión de tiempo que alcancen todos los empleos.

Hoy en día, con su rápida y plena integración, gracias al esfuerzo de todos, el papel de las mujeres en el Ejército de Tierra es fundamental a nivel táctico y operacional. Las primeras soldados españolas que desplegaron en una misión internacional fue en Bosnia en el año 1993 y desde entonces no hay misión en la que no hayan estado presentes. Incluso se han convertido en un pilar fundamental en la consecución de los objetivos en aquellos países en los que los papeles desiguales que la religión asigna a hombres y mujeres hacen muy difícil que el personal integrado en la Sanidad Militar o en las Células Cívico-Militares pueda desempeñar con normalidad su trabajo. Nuestras militares resultan imprescindibles en todos estos puestos, además de los cometidos tácticos que ya desarrollan.

Nuestras Agustinas
Nuestras Agustinas

Y en su papel de madres también las hemos visto en los aeropuertos despedirse emocionadas de sus hijos, de pocos meses de edad en muchos de los casos. Reconocen que esos instantes son muy duros y cuesta lo indecible superarlos, pero en el momento de enterarse de que su unidad va a desplegar en una misión en el exterior, salen, como todos, a cumplir con su deber.

Lamentablemente, algunas de ellas también han regresado de esas misiones cubiertas por la bandera de España. En febrero de 2007 la soldado de Infantería, Idoia Rodríguez Buján, se convirtió en la primera mujer caída en cumplimiento de su deber en una misión internacional. Sucedió en Afganistán, mientras estaba encuadrada en la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF). También falleció en Afganistán, en 2011, en un ataque con IED, la soldado Niyireth Pineda Marín. Sirvan también estas líneas como sencillo homenaje a su memoria.

¡Va por nuestras ‘Agustinas’!

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