MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ DE LA ASUNCIÓN

Con el libro le hemos devuelto la dignidad a los Héroes de Baler

Miguel Ángel López de la Asunción (Madrid, 1973) es licenciado en Filología Inglesa, lo cual le ha permitido dedicarse a la enseñanza de este idioma. También ha estudiado MCSA (Microsoft Certified Solutions Associate) en la especialidad de servidores informáticos y ha trabajado en varias compañías aéreas. Actualmente, dedica sus esfuerzos a la editorial Actas (especializada en libros sobre Historia), algo que le permite tener mayor amplitud de contactos y libertad para sus investigaciones. Sin embargo, si por algo es destacada su figura en la actualidad, es por haber desentrañado Mitos y realidad del sitio de Baler (Los Últimos de Filipinas), el libro de la mencionada editorial —que ha elaborado junto a Miguel Leiva— que está ayudando a conocer más sobre esta importante gesta del Ejército español.

¿Por qué empezó a interesarle el estudio del sitio de Baler? Yo tuve suerte porque, desde pequeño, en mi casa me contaban cuentos, historietas y grandes gestas. Mi abuela fue la que despertó en mí un gran interés por la Historia en general. Luego he visto que lo que me contaba no era exactamente así, pero consiguió despertar mi interés. Mis padres me compraban cómics sobre historias bélicas (De grumete a almirante, por ejemplo). De este modo, he visto el Ejército como algo mío (y agradezco su trabajo, al igual que el de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado). Además, mi bi- sabuelo Miguel estuvo sitiado en un blocao en Marruecos y, a pesar de que lo pasaron bastante mal —tuvieron que beberse la tinta, los orines de los pocos caballos que tenían… y varios de sus compañeros murieron—, siempre terminaban las narraciones diciendo: «Pero los de Baler…».

Miguel Ángel López de la Asunción

¿Cuánto tiempo lleva con este tema? Empecé a investigar hace más de 25 años. El primer coche que tuve, un Seat 127 que me dejó mi padre cuando me saqué el carnet de conducir, lo usé para visitar Miajadas (Cáceres). Pregunté a gente del pueblo y no conocían a Saturnino Martín Cerezo. «¿Cuál es el mote?», me decían. Alguien me contó que había una calle con ese nombre —donde estaba su casa natal— y, efectivamente, así era desde 1900. Había una placa y nadie sabía nada más. Casi tres décadas después, en Miajadas hay una Sociedad Histórica que se ocupa de recrear y estudiar lo que ocurrió; he dado conferencias, tanto allí como por toda España, explicando los datos que hemos ido averiguando; se va a inaugurar un monumento en su honor en su pueblo y otro en Madrid en recuerdo de todos los sitiados… Algo hemos hecho para que sean más conocidos todos los componentes de la guarnición y lo que hicieron.

La historia del sitio estaba olvidada… Este tema siempre ha sido como el Guadiana, apareciendo y desapareciendo. Al volver de Filipinas, el tema estuvo de moda; luego se apagó y otra vez resurgió cuando les dieron su pensión y las condecoraciones; de nuevo volvió a la actualidad cuando Martín Cerezo escribió su libro… Después llegó la película de 1945, que incluso les cambió el nombre, porque hasta ese momento no se les había conocido como los Últimos de Filipinas. También aparecieron cosas puntuales, como los distintos fallecimientos de los componentes del contingente…

¿Y el libro ha sido una manera de devolver el tema a la actualidad y romper algunos mitos? No se había investigado en las fuentes primarias de Baler: no se había hablado con los familiares para que ellos nos facilitaran documentación… Se había continuado con la idea original de que no había fuentes oficiales. Miguel Leiva y yo hemos conseguido para el libro cinco fuentes oficiales. Los familiares, algunos de ellos especialmente, son ya amigos. En Tauste (Zaragoza) doy una conferencia dentro de poco sobre uno de los caídos en Baler, cuando hace unos años no sabían ni que uno de sus paisanos había estado en Filipinas. Donde me llaman, si puedo, voy (Ateneo, Instituto de Historia y Cultura Militar, pueblos…). En estas últimas charlas aprendo hasta yo, porque la gente me aporta cosas. La idea es transmitir por qué estaban allí (aquello era una provincia española y había que defenderla como una más) y qué es lo que hicieron. Para mí, es una alegría ver que hemos conseguido ponerlos un poco en el lugar que les correspondía, darles dignidad y borrar esa historia lastimera que se tenía de ellos. No se les podía ayudar. De hecho, no se sabía ni que estaban allí, porque se les daba por prisioneros de guerra. España no podía campar a sus anchas, porque el territorio ya no era suyo. Tampoco fueron todos obligados, como se ha dicho (casi la mitad fueron voluntarios). No eran bisoños ni desconocían su empleo: muchos de ellos llegaron a Baler con varias Cruces del Mérito Militar con distintivo rojo. Cuando se inició el sitio, tenían víveres, munición y una misión que quisieron cumplir como les demandaba su honor. Hemos aportado documentos, cartas y datos para respaldar nuestra versión. Ha sido una investigación en toda regla.

Miguel Ángel López de la Asunción

¿Por qué aguantaron tanto? Porque hicieron una buena defensa y se organizaron bien. De hecho, otras con más medios cayeron antes. Sorprende que un grupo de 50 militares a 200 kilómetros de Manila aguantaran más que un grupo de 400 a 50 metros de la capital. Les habían dado víveres para cuatro meses; el párroco de Baler compró 60 cavanes de arroz unos días antes; consiguieron encontrar agua en la iglesia; había un médico en un destacamento de 50 hombres; el primer jefe de la defensa, el capitán De las Morenas, había participado en la Tercera Guerra Carlista y tuvo una experiencia de asedio que le marcó y supo aprovechar para el sitio de Baler; oficiales que no habían recibido clases de liderazgo consiguieron que el grupo se cohesionara como un todo… De alguna manera, se dieron las circunstancias y ellos propiciaron que todo ocurriera de aquella manera. Hay más datos que hablan de esta buena organización, como que después de 337 días tienen que destruir casi 5.000 cartuchos para que no caigan en manos del enemigo, habiéndose privado únicamente de utilizar munición los primeros días. Además, ese almacén donde habían guardado los víveres pasa a ser una fortaleza casi inexpugnable, porque retiran las losas del suelo de la iglesia, fortifican, hacen sacos terreros con la arena que sacan, parapetan todas las posiciones, terraplenan la puerta de tal manera que no fuera posible abrirla y dejan únicamente dos entradas al templo en forma de gatera. De modo que, si un enemigo conseguía romper la línea defensiva que propiciaban las dos trincheras exteriores y lograba llegar a la posición de entrada, le matarían las bayonetas españolas y eso impediría la entrada de otros. Es decir, era prácticamente imposible entrar por las puertas de la iglesia de Baler. El enemigo lo sabía y, en todo el sitio, intentó quemar la posición española, pero no la tomó cuerpo a cuerpo porque sabía que era prácticamente inexpugnable. El hecho de que en todo el sitio hubiera solo dos bajas por fuego enemigo nos da una idea de lo preparados que estaban y de lo buenos soldados que eran.

Pero también tuvieron que luchar contra la enfermedad… La iglesia era un espacio relativamente reducido, oscuro (tuvieron que cerrar todos los huecos, salvo alguno para disparar), hacía mucho calor (por la falta de ventilación), había pocas posibilidades de descansar (al estar asediados constantemente por tropas que sí tenían relevo) y veían a sus compañeros caer por el beriberi. Esta es una enfermedad de la que, en aquellos tiempos, no se conocía la causa. Por suerte, en el destacamento de Baler había un médico, Rogelio Vigil de Quiñones, con conocimientos de botánica, que llega a la conclusión de que el beriberi lo provoca la falta de algún tipo de vitamina (efectivamente, esta enfermedad se debe a la falta de vitamina B1). Por otra parte, el enemigo, cuando vio que no era factible desbaratar las defensas españolas, empezó a disparar al tejado, que enseguida se rompió, dejando caer las constantes lluvias. Ese hospital-iglesia acaba siendo un cementerio y los españoles tienen que dormir —porque no hay más espacio— al lado de las tumbas de sus compañeros. Es muy duro, pero aquellos soldados en ningún momento se vinieron abajo. No solo luchaban con el enemigo exterior, también contra las enfermedades y sus propios demonios. Estaban convencidos de que cumplían su deber. Desde mi punto de vista, su comportamiento es totalmente ejemplar.

Seguro que se ha encontrado muchas anécdotas curiosas… La anécdota del reloj de Vigil de Quiñones no me resulta tan llamativa como la de la cuchara de Marcelo, por ejemplo, pero es muy conocida. El cabo Olivares, cuando ya vio que se acercaba la hora de morir, devolvió el reloj a los familiares porque, antes de que lo enterraran con él, prefirió dárselo a los descendientes de Vigil de Quiñones. Sin embargo, el motivo por el que se lo entregaron sí fue meritorio; sin duda, la acción militar que podríamos decir que tiene un mayor valor, porque propicia la continuación de la defensa. El cabo José Olivares Conejero y 10 soldados voluntarios, que eran los únicos que podían mantenerse por su propio pie en aquellos momentos, salen a plena luz del día. Se animaron a salir al escuchar al corneta, que les pareció regular; de ahí dedujeron que era una fuerza reducida, aunque ellos no sabían el motivo —que en realidad era que los filipinos estaban enfrentándose a los estadounidenses—. Sin embargo, ellos pensaron que los refuerzos españoles estaban viniendo y consiguieron asustar a los primeros defensores, quemar el primer perímetro de casas y trincheras filipinas, desde las cuales era muy fácil impedir que el destacamento abriese las puertas de la iglesia. Al fin, ese 14 de diciembre consiguieron aumentar el perímetro de defensa y, por tanto, abrir la puerta, airear y hacer pequeñas salidas a los alrededores en busca de plantas y animales que les ayudaron a sobrevivir al beriberi. Así muchos compañeros consiguieron salvarse. También me parece curiosa la narración de que algún componente del contingente dijera: «Lloré más cuando me quitaron mi fusil que cuando enterré a un compañero». Tenían su fusil asignado y les había salvado la vida en numerosas ocasiones, por lo que tener que entregárselo a los filipinos al acabar el sitio fue duro. O lo de la cuchara de Marcelo, que está en el Museo del Ejército; a su familia le contó cómo con ella, al igual que comió,  enterró a su compañero. La misma cuchara la tiene la familia Arocha, que vive en La Gomera, y uno de los descendientes cuenta que esa misma cuchara sirvió, a la vuelta, para dar de comer a los nueve hijos del militar. En fechas recientes se ha descubierto en Lebrija (Sevilla) la partida de nacimiento de uno de aquellos soldados, Miguel Pérez Leal. Tengo gran amistad con uno de sus descendientes y hemos averiguado que se alistó como voluntario en el puerto de Cádiz, para lo cual tuvo que mentir acerca de su fecha de nacimiento. Dijo haber nacido en 1874, pero en realidad nació en 1880, seis años más tarde. Por tanto, llegó a Filipinas siendo menor de edad.

Se han escrito diferentes libros, como el de Martín Cerezo, el de Ramón  Boades o el de Félix Minaya, aunque hay cosas que no concuerdan entre ellos. A decir verdad, el único libro que se había publicado es el de Martín Cerezo, el último comandante de la posición, por entonces 2º teniente de Infantería, que publicó en 1904 sus memorias. Es un libro fantástico porque cuenta, desde el punto de vista del militar, lo acontecido en Baler. Es una defensa ante todos los ataques injustos que estaban recibiendo tanto él como su destacamento (hasta que se dilucida su actuación, incluso se les achaca haber asesinado al comandante De las Morenas). Se dicen una serie de barbaridades que Martín Cerezo, en su libro, aclara. De hecho, cuando llegaron a Manila, ellos habían contestado un cuestionario donde queda meridianamente claro que su actuación había sido ejemplar. Aun así, muchos medios en la Península dudan de su veracidad y ellos reciben ciertos ataques. Martín Cerezo los zanja con esa publicación. Otra fuente fundamental son las memorias del fraile Félix Minaya. Hacia 1904 o 1905 escribe, de su puño y letra, el antes, el durante y el después del sitio de Baler. Estas memorias han permanecido inéditas hasta fecha muy reciente y son muy interesantes porque muchos capítulos divergen, cuentan cosas que no son estrictamente iguales a las que narra Martín Cerezo. Nos han servido para fusionar ambas versiones y, junto con los testimonios de los soldados en diversos juicios y casos militares, hacer una aproximación de lo que realmente pasó en Baler. También hay un pequeño cuadernillo, yo he manejado el original, del soldado Ramón Boades. Un compañero investigador publicó un artículo en el que decía que era una fuente inédita del sitio de Baler. Cuando yo recibí el original por parte de la familia y lo pude leer, me sonaba muchísimo, yo lo había leído en algún lugar. Efectivamente, recordé dónde; cogí un número antiguo de un diario de Manila y vi que el testimonio del soldado Ramón Boades no era otra cosa que la copia a mano que él había hecho del artículo del periódico. Es decir, no es un diario sino una copia del artículo que apareció en el periódico de Manila. Entonces, lamentablemente, fuentes de primera mano tenemos únicamente dos, pero yo creo que son suficientes para acercarnos a la realidad del episodio histórico.

¿Llegan todos juntos a Baler? Siempre hablamos del destacamento de Baler, pero debemos tener en cuenta que la guarnición fue un destacamento de 50 cazadores, pertenecientes al Batallón de Cazadores Expedicionario nº 2, bajo las órdenes de dos segundos tenientes. También llega un contingente con un teniente médico y tres sanitarios, de la 4ª Brigada de Sanidad Militar. Con ellos también va un cargo político, pero lo ostenta un militar: Enrique de las Morenas y Foxi (en aquellos días todavía capitán, fue ascendido a título póstumo). Y Cándido Gómez Carreño, el fraile de Baler, que después de haber caído prisionero de los insurgentes en una emboscada en octubre del año anterior, regresaba a su pueblo. También debemos tener en cuenta que 10 de los soldados de ese contingente que llega en febrero de 1998 son supervivientes del ataque al destacamento en octubre, luego ellos saben adónde regresan y conocen perfectamente el pueblo y lo que les espera.

¿Cómo se produce la entrada en la iglesia? ¿Por qué Enrique de las Morenas toma esa decisión? Siempre se ha dicho que fue una genialidad del destacamento de Baler refugiarse en la iglesia. Vamos a romper otro mito. Estaba dentro de las recomendaciones que, desde Manila, se daba a los destacamentos. Hablamos de poblaciones donde no había edificios de mampostería y, en muchas ocasiones, el único edificio fuerte era la iglesia. Por eso se les recomendaba que, en caso de sufrir un ataque importante, se refugiaran allí. Ya otros, con motivo de la insurgencia de 1896-1897, habían utilizado esas iglesias y conventos (como durante el sitio de Tayabas), donde los contingentes se refugiaban en la posición que ellos creían que iba a ser más difícil de tomar. Los de Baler, a partir del día 27, se dan cuenta de que la población ha desaparecido; saben, por informaciones que han llegado de Manila, que España está en guerra con Estados Unidos, pero desconocen hasta qué punto ha renacido la insurgencia. Entonces deciden cambiar las tres o cuatro ubicaciones donde estaban repartido el destacamento por la iglesia de Baler. El día 30 por la mañana, Martín Cerezo y algunos hombres inician una descubierta, un lógico reconocimiento de seguridad, y en el puente España reciben un primer ataque, en el que cae el primer herido. Consiguen replegarse, cerrar la puerta de la iglesia y, desde aquel momento, queda formalizado el sitio. Estamos hablando de una defensa de, ni más ni menos, 337 días y noches, porque por la noche no paraban. Creo que es una de las gestas militares más reseñables de nuestro Ejército, por su épica y por el ejemplo que nos ha dado.

La figura de Martín Cerezo ha sido muy criticada… Yo soy un defensor acérrimo de Saturnino Martín Cerezo, que en los últimos años ha recibido unos ataques sin fundamento sobre su actuación en el sitio de Baler (como series o novelas que lo presentan como un consumidor de opio, cuando el opio no había llegado allí). Le toca tomar el mando del destacamento en el momento más difícil. Toma las decisiones pensando en lo mejor para la continuidad de la defensa, es valiente, no tiene más apoyo de otro oficial que el teniente médico… En él recae todo el peso y, aun así, consigue llevar a sus hombres hasta Manila y, posteriormente, a la Península. Últimamente, le tratan mal por haber mandado fusilar a dos hombres. Hay que leerse la causa que abren en Madrid, intentando dilucidar qué pasó en el fusilamiento del soldado Menache y el sargento interino González Oca. Ahí queda meridianamente claro que el resto de desertores toman parte de los ataques cuando comienza el asedio, no es que abandonaran. Él los juzga, se les hace una causa dentro de la iglesia, queda claro el intento de deserción. Podría haberlos fusilado en el sitio según el reglamento, cinco meses antes, y no haber gastado una comida tan escasa. Martín Cerezo trata de mantener con vida a los confesos de intento de deserción, quitando alimentación a los defensores y compartiéndola con esos hombres. Él no actúa mal. Se ve en la tesitura de proteger la vida de 34 soldados y la suya propia o, lamentablemente, fusilar a dos personas que podían delatarles. Sin lugar a dudas, yo no querría ponerme en su lugar en el momento de tomar esa decisión. No obstante, hay un juicio, una causa militar que dura varios meses y el juez instructor dictamina que lo hecho, si no acorde a las ordenanzas, se hizo de la mejor manera que en aquel momento se podía hacer. Martín Cerezo también demostró mucha preocupación por sus hombres. En 1904 envía el libro a todos, se preocupa por saber cómo les va y a quien no encarrila de buena manera su vida le ofrece que se vaya a trabajar con él a Madrid. Uno de ellos fallece muy pronto y deja una hija pequeña. Cuando ya tiene una edad, el teniente la lleva a su casa y la trata casi como a una hija más. Es un personaje muy humano. Tengo cartas cruzadas entre los soldados que hablan maravillas de su mando. Creo que es lo que tenemos que saber, lo que decían los propios soldados, y no las elucubraciones de cualquiera que ha hecho una película o un libro. Tengo que dar las gracias a mi Ejército, porque se está haciendo un reconocimiento institucional. Se están haciendo, a lo largo del año, más de 50 actos y conferencias, en algunas de las cuales me cabe el honor de participar. También se lo agradezco a los ayuntamientos y a las asociaciones. Habrá, sin duda, un antes y un después de este 120º aniversario, y ojalá sepamos todos un poco más de la figura de los Últimos de Filipinas, como los conocemos, o los Héroes de Baler, como ellos se denominaban.

En la Sala Histórica del Regimiento de Infantería “Inmemorial del Rey” nº 1

FO7A2559

Vemos un uniforme coetáneo al que vestían los militares españoles en Filipinas, pero este es de Cuba, donde lo utilizaron los soldados del “Inmemorial”. López de la Asunción nos explica las diferencias: «Es muy parecido al que usaban en Filipinas, salvo por la forma del cuello, que es de tipo Mao; los botones son ocultos de hueso, no como estos que son dorados; el número que lleva en el cuello en este caso es el nº 1; y también el tipo de raya varía algo. Desde el Regimiento 68 al 74 estuvieron en Filipinas, además de 15 batallones expedicionarios».

También observamos el armamento que portaban, del que nuestro entrevistado tiene muy buena opinión: el Mauser 93. «El fusil, fabricado en Alemania, se mejoró en Oviedo con un sistema de un peine con cinco cartuchos que entraban alternados al tresbolillo, lo cual evitaba que se interrumpiera. Del mismo modo, usaron pólvora blanca, que no delataba la posición del tirador (al contrario de lo que ocurre con la pólvora negra)», afirma contundente.

 

A través de este enlace, se puede acceder al archivo de audio de la entrevista:

https://www.ivoox.com/entrevista-a-miguel-a-lopez-asuncion-audios-mp3_rf_37869889_1.html?autoplay=true

VIVIR EL KÁRATE SOBRE RUEDAS

La soldado Isabel Fernández Jiménez ha sido la primera deportista de España en competir en parakárate, una modalidad en la que hasta ahora no se podía. Un reto que le ha valido para ser la campeona mundial de katas en silla de ruedas. Una lesión le impidió seguir entrenando en kárate, un deporte que practicaba desde los cuatro años y que le dio grandes alegrías, como en 2015, cuando consiguió el tercer puesto de España en categoría individual.

FB_IMG_1542032877937Fernández ha vivido entre uniformes toda su vida, ya que su padre también es militar y vivió durante su infancia en un cuartel en Medina del Campo (Valladolid). A pesar de su vocación, su alta implicación en el deporte le había impedido optar por el Ejército. Una realidad que llegó en 2015, cuando entró en el Centro de Formación nº 1 de Cáceres. “Los cuatro meses que tuve de instrucción era como estar soñando, cuando entré no pensaba que me iba a gustar tanto”, recuerda. Después, obtuvo su primer destino en el Regimiento de Infantería “La Reina” nº 2, en Córdoba.

IMG-20150805-WA0006

Sin embargo, el camino que quería seguir -opositar para ascender a suboficial- se torció cuando un día le empezaron a doler mucho las rodillas mientras corría. Tras pedir diagnóstico a varios traumatólogos, la respuesta fue difícil de asimilar: tenía artrosis degenerativa, por lo que no podría seguir practicando el deporte que tanto le gustaba. Tras una operación y varios meses de rehabilitación en 2016, intentó retomarlo, pero los dolores persistían. Ya no podía hacer deporte convencional y debía ayudarse de muletas.

Recuerda que uno de los primeros pensamientos que se le vinieron a la cabeza fue: “¿Qué hago con mi vida ahora?”. “Se había acabado mi pasión, el deporte, y eso repercute en mi trabajo, porque me encanta”, cuenta. Aun así, decidió seguir hacia adelante y dibujar su futuro con optimismo. A los seis meses de la operación se dio de alta voluntaria para no perder destino (aunque más tarde tuvo que darse baja para pasar el tribunal médico y esperar la asignación de destino). Por eso, aprovechó para dar clases como entrenadora en algunos colegios y en un gimnasio.

FB_IMG_1542032868066La casualidad quiso que en junio de 2018 se encontrase en su Toledo natal con su antiguo entrenador de kárate, Álvaro Jiménez, quien le sugirió que retomase el deporte pero en otra modalidad: el parakárate. Un par de días más tarde, la soldado empezó a entrenar sobre el tatami tres horas diarias de lunes a sábado. “Ya había practicado el baloncesto adaptado y conocía el manejo de la silla, pero la de parakárate es diferente, tardé un mes en conseguir adaptarme porque tenía que cambiar las técnicas”, para lo que ha sido fundamental que fortalezca los músculos. Tanto su entrenador como ella se han visto obligados a aprender sobre la marcha, ya que no tenían forma de investigar cómo funcionan los katas.

Un trabajo continuo que fructificó en apenas unos meses: en noviembre de 2018 se proclamó ganadora del Campeonato Internacional de la Federación Mundial de Kárate. Prueba de ello fue el reconocimiento de los árbitros, sorprendidos por la técnica empleada. “Me dijeron que transmitía mucho en la silla y que no era necesario ver los katas del kárate convencional para saber lo que yo estaba haciendo de forma adaptada”. Además, en julio de este año realizó 114 kilómetros del Camino de Santiago en cinco etapas en una silla de ruedas adaptada. “Llevaba años queriendo hacerlo y fue una experiencia increíble”, asegura.

Con su proeza no solo fue nombrada Ciudadano Honorífico de Toledo en enero, sino que la militar ha puesto la primera piedra: a raíz de verla, otro chico se ha animado a practicar esta disciplina. Además, se ha abierto en España una categoría de parakárate para que ella pueda competir a nivel nacional, ya que hasta ahora solo podría a hacerlo internacionalmente. Esta pasión la transmite y después de pasar los tribunales médicos del Ejército, tiene un APL 4, aunque eso no le ha quitado la ilusión. “He renovado mi compromiso de permanencia y el 2 de septiembre me incorporo a la Academia de Infantería en comisión de servicio, me apasiona mi trabajo y compaginarlo con los entrenamientos es un sueño”. Precisamente, su plan más inmediato es competir en la segunda fase de la Liga Nacional de Kárate en octubre, aunque en los siguientes meses también lo hará en el Campeonato de España y el Mundial de 2020. Sin duda, a la soldado Fernández aún le queda por recorrer un largo camino en el parakárate, del cual es pionera y en el que ya ha superado tantas barreras.

Ciudadano Honorífico (1)

Blog del Ejército de Tierra