UNA FRAGATA ATRACA EN EL CUARTEL GENERAL DEL EJÉRCITO

Un convoy compuesto por dos vehículos de exploración de caballería, un Mercurio de transmisiones y un vehículo de combate de zapadores escoltan unos camiones de la organización española de Médicos del Mundo que regresan a Medjugorje, tras haber dejado un cargamento de medicinas, ropa, alimentos y material hospitalario en la localidad serbobosnia de Trebinje.

Una fragata de 44 cañones, abarloada al primer vehículo donde va el soldado Raúl Berraquero Forcada, rola a la misma velocidad a su lado. El trancanil que liga los baos a las cuadernas huele todavía a goma de encolar. Un hombre con la paciencia de un relojero lo trabaja en unos astilleros del tamaño de una mesa que ocupa todo el salón. El aparejo necesita mayor cuidado, no sea que un día de tormenta una arrancada suelte un cabo o una cadena de la verga y arrastre cuanto vague por cubierta.

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Es 4 de noviembre de 1994. El convoy que protege la ayuda humanitaria de Médicos del Mundo se dirige a Medjugorje por el corredor de Stolac. No es un trabajo fácil interponerse entre tres bandos que supuran un odio que se nota sólido en el aire. Ni es fácil caminar por esas carreteras llenas de minas, socavones producidos por la artillería y check-points que abren o cierran los caminos a su capricho. Están a unos tres kilómetros de Stolac. Después de Stolac, Capljina.

Un hombre trabaja rápido en unos astilleros del tamaño de la mesa de su salón para que la fragata que está construyendo no navegue, sino que vuele junto a su hijo que está de misión en Bosnia. Su hijo tiene diecinueve años  y es un soldado de caballería de los pies a la cabeza; y en este momento, como Casco Azul de la ONU, se encuentra protegiendo un convoy de Médicos del Mundo con medicamentos y material de hospital.

El hombre sabe que una fragata de 44 cañones con una proa lanzada y abierta, formada por las dos curvabandas y el brazal que unen el tajamar y el mascarón a las amuras del buque, y que ha demostrado su valía en la guerras contra Francia, en el Mediterráneo; contra los buques británicos, en el Atlántico; y contra los piratas, en los siete mares, siempre es una muy valiosa ayuda.

A unos tres kilómetros de Stolac, la carretera del corredor, está esperando a Raúl. La fragata todavía necesita la mano paciente del artesano. Y cuando, de pronto, la nave da una guiñada violenta sobre la mesa; Rafael, que así se llama, siente que algo no va bien por la carretera de Stolac. Su hijo Raúl que está de misión ha sufrido un accidente en una carretera que a veces es tiniebla y, a veces, caos.

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“Cuando me llamaron por teléfono, yo no me lo creía”, contó al periódico Tierra sobre aquel fatídico día. “Hacía lo que más le gustaba. Yo tengo una foto suya a la que saludo militarmente cada noche. Y, desde luego, me gustaría que la fragata Diana estuviera navegando en el Cuartel General de ese Ejército que Raúl quería tanto”.

Como los deseos de Rafael Berraquero González, son órdenes para nosotros; pues ha dado por España y por la libertad lo más grande que podía dar: su hijo Raúl; la fragata Diana se encuentra en la primera planta del Cuartel General del Ejército navegando en la vitrina junto a la foto de su hijo.

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Testigo de excepción

El civil Gregorio Alonso, maestro tornero, se despide de los talleres del Ejército tras 50 años

Gregorio Alonso, Goyo para los amigos, lleva toda su vida laboral en los talleres del Ejército en Burgos. Desde su puesto como maestro tornero, este civil ha sido testigo de excepción de la evolución del Ejército en los últimos 50 años. Ahora está a punto de despedirse de su puesto en la Unidad de Servicios y Talleres 612 de la Agrupación de Apoyo Logístico nº 61, que realiza labores de mantenimiento de Tercer Escalón de las unidades de su entorno, y que cuenta en su plantilla con personal civil y militar. Aquí se va a jubilar tras cumplir 65 años —el 27 de diciembre—, después de medio siglo de vida vinculada a la Institución.

Cuando entró a trabajar con tan sólo 18 años en el entonces llamado Parque de Artillería, los militares de los talleres vestían de azul y con galleta roja. Los operarios también iban de azul, pero con mono, un color que no ha variado con el tiempo. Corría el año 1972 y era el primer trabajo para Goyo, que se había formado en la Escuela de Aprendices (algo similar a la formación profesional actual) de Burgos. A pesar de no tener familia militar, a su padre le pareció una buena opción para aprender una profesión, y allí pasó cuatro años, desde los 14 hasta la mayoría de edad.

De esa etapa recuerda que tenían que hacer instrucción y que les enseñaban a desfilar, además de asistir a las asignaturas del curso y hacer las prácticas. Los profesores eran todos militares, así que, desde muy joven, Goyo se acostumbró a vivir rodeado de uniformes. Quizá ese haya sido unos de los motivos que han contribuido a que siempre les haya visto con total naturalidad, «como un compañero más». La convivencia en los talleres entre unos y otros es muy estrecha, y su experiencia con el personal militar en estos 50 años siempre ha sido muy buena. Tanto que, para Goyo, el trabajo ha sido siempre «muy llevadero» y nunca ha ido a disgusto, sino todo lo contrario.

Un idilio de medio siglo

Cuando Goyo estaba en la Escuela de Aprendices, aprendió a manejar diferentes herramientas, pero pronto destacó en el uso de una: el torno. Esta máquina, con la que pueden hacerse o ajustarse tuercas, tornillos, casquillos o pasadores, se le daba bien y, además, le gustaba. Así que, cuando empezó a trabajar, no costó mucho adjudicársela. Poco podía imaginar entonces que esa máquina le acompañaría medio siglo. «Me he jubilado con la misma máquina con la que entré», afirma. Ya hay pocos capaces de manejarla con su habilidad, puesto que a los nuevos aprendices les enseñan sobre todo la producción por mecanizado, y lo manual se considera ya residual. Por eso, muy probablemente, cuando Goyo se marche, su torno se quedará sin operario y, posiblemente, nunca vuelva a tenerlo debido a que es un maquinaria que ya se considera obsoleta.

No podrán acudir a él cuando haya algo complicado, como hacían hasta ahora, sabedores de su maestría en el uso de esta máquina con la que ha sido muchas veces capaz de hacer algo que no creía posible. «Eso es una gran satisfacción personal», reconoce Goyo, y ha sido uno de los motivos por los que ha disfrutado tanto de su trabajo y no se plantease cambiar, como sí hicieron algunos de sus compañeros. «Yo entré con pantalones cortos y me voy sin pelo», añade con un humor revestido de cierta nostalgia. No debe resultar fácil cerrar una etapa de medio siglo.

Blog del Ejército de Tierra